Cómo actuar frente a narcisistas y psicópatas: una guía desde la psicología clínica

En la vida cotidiana, es posible que nos encontremos con personas cuyas conductas nos desconciertan, nos desgastan emocionalmente y nos generan confusión o culpa. En algunos casos, estas personas pueden presentar rasgos o trastornos de personalidad narcisista o psicopática. Este artículo tiene como objetivo ofrecer una explicación sencilla y basada en evidencia científica sobre estos perfiles, brindar herramientas prácticas para actuar frente a ellos y ayudar al lector a fortalecer su bienestar emocional frente a estas relaciones complejas.

¿Quiénes son los narcisistas y los psicópatas?

Desde el punto de vista clínico, el narcisismo patológico se refiere a un patrón persistente de grandiosidad, necesidad excesiva de admiración y falta de empatía, acompañado de una sensibilidad extrema a la crítica y una tendencia a explotar a los demás para beneficio propio (American Psychiatric Association [APA], 2013). Por su parte, el término psicopatía —frecuentemente vinculado al trastorno de personalidad antisocial— describe a personas que muestran desprecio por los derechos ajenos, manipulación, ausencia de remordimientos y un encanto superficial que les facilita ganarse la confianza de los demás (Hare, 2003).

Aunque estos perfiles tienen diferencias, ambos comparten características como la tendencia a la manipulación y el uso de los demás como instrumentos para sus fines. En la literatura y el cine se reflejan estos rasgos en personajes como Tom Ripley en El talento de Mr. Ripley o el coronel Hans Landa en Bastardos sin gloria. Es importante aclarar que estos términos no deben ser usados a la ligera; el diagnóstico corresponde solo a profesionales de la salud mental.

¿Cómo reconocer sus conductas?

Algunas señales comunes pueden alertarnos de que estamos frente a personas con estas características:

  • Narcisistas: comentarios despectivos hacia los demás, exageración de logros, dificultad para aceptar críticas, relaciones marcadas por la necesidad de control y validación, y una preocupación constante por su propia imagen.
  • Psicópatas: mentiras constantes, comportamientos impulsivos, ausencia de culpa, seducción inicial seguida de desprecio, y uso sistemático de los demás para sus propios intereses sin remordimientos (Cleckley, 1988; Hare, 2003).

Además, es común que quienes los rodean experimenten una sensación de confusión, duda sobre su propio criterio y un progresivo desgaste emocional, lo que dificulta identificar estas dinámicas en el día a día.

Herramientas terapéuticas y estrategias para actuar

Actuar frente a narcisistas y psicópatas requiere de estrategias claras, ya que estos perfiles suelen desarmar emocionalmente a quienes los rodean. La literatura científica respalda el uso de técnicas de manejo de límites, regulación emocional y autocuidado como herramientas eficaces (Neff & Germer, 2013; Linehan, 2015). A continuación, se describen herramientas útiles:

1. Establecer límites firmes

Una de las claves es aprender a decir “no” sin culpa y definir claramente lo que uno está dispuesto a tolerar. La técnica del “disco rayado” (Linehan, 2015) —repetir de manera calmada y consistente los propios límites— es especialmente eficaz.

Ejemplo práctico: Si un colega narcisista intenta manipularnos para que asumamos sus tareas, podemos responder: “Gracias por confiar en mí, pero en este momento no puedo ocuparme de eso”. Si insiste, es importante no entrar en justificaciones ni debates, y repetir la misma frase.

2. Evitar el juego de la provocación

Tanto narcisistas como psicópatas pueden buscar provocar reacciones emocionales para obtener control. Entrenar la respuesta asertiva y serena, sin caer en el conflicto, es esencial. Las técnicas de manejo emocional de la Terapia Dialéctico-Conductual ayudan a regular la ira y el impulso de reaccionar (Linehan, 2015).

Ejemplo práctico: Ante un comentario despectivo: “Comprendo tu punto de vista” (sin mayor explicación) y retirarse del intercambio. Esto reduce la posibilidad de escalar el conflicto.

3. Distancia emocional y física

Cuando es posible, reducir el contacto o tomar distancia emocional es una estrategia protectora. Esto no siempre significa romper el vínculo, pero sí dejar de buscar aprobación o cercanía emocional en quien no está dispuesto a corresponder de forma sana.

Ejemplo práctico: Si un familiar narcisista critica constantemente, limitar los encuentros a contextos necesarios y planificar de antemano los temas de conversación. Anticipar posibles provocaciones ayuda a mantener la calma.

4. Fortalecer el autocuidado y los apoyos sanos

La convivencia o el trato frecuente con estas personas puede erosionar la autoestima. Por eso, es fundamental potenciar los espacios personales de bienestar: meditación, ejercicio, contacto con la naturaleza, actividades creativas, terapia psicológica y fortalecer los lazos con personas de confianza (Neff, 2003).

5. Buscar apoyo profesional

Cuando el impacto emocional es significativo —por ejemplo, si aparecen síntomas de ansiedad, tristeza persistente, aislamiento o dudas sobre uno mismo—, es recomendable consultar a un psicólogo clínico. La terapia cognitivo-conductual, las terapias basadas en la compasión y los grupos de apoyo son recursos efectivos para reconstruir la autoestima y fortalecer los límites personales (Neff & Germer, 2013).

Reflexión final

Tratar con narcisistas o psicópatas es un desafío que puede poner a prueba nuestra estabilidad emocional y nuestra capacidad de resiliencia. La clave está en reconocer las señales, proteger nuestros límites y no esperar cambiar al otro, sino cambiar nuestra forma de responder para cuidar nuestra salud mental. Como señala Hare (2003): “No intente reformarlos; protéjase”. Actuar con conciencia, buscar apoyo y priorizar el autocuidado son pasos esenciales para preservar el bienestar.

Referencias

American Psychiatric Association. (2013). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5.ª ed.). Arlington, VA: American Psychiatric Publishing.

Cleckley, H. (1988). The mask of sanity (5th ed.). St. Louis, MO: Mosby.

Hare, R. D. (2003). Without conscience: The disturbing world of the psychopaths among us. New York, NY: Guilford Press.

Linehan, M. M. (2015). DBT skills training manual (2nd ed.). New York, NY: Guilford Press.

Neff, K. (2003). The development and validation of a scale to measure self-compassion. Self and Identity, 2(3), 223-250. https://doi.org/10.1080/15298860309027

Neff, K., & Germer, C. (2013). The mindful self-compassion workbook: A proven way to accept yourself, build inner strength, and thrive. New York, NY: Guilford Press.

La metodología Scrum aplicada en Psicología: una herramienta innovadora y práctica para el trabajo terapéutico

Resumen:
La metodología Scrum, ampliamente reconocida por su éxito en la gestión de proyectos tecnológicos y empresariales, comienza a ser explorada en el ámbito de la psicología clínica como un marco útil para organizar, planificar y evaluar el proceso terapéutico. Este artículo profundiza en cómo los psicólogos pueden adaptar e integrar principios y herramientas de Scrum para enriquecer las intervenciones terapéuticas, tanto en el trabajo individual como grupal. Se incluyen ejemplos concretos, beneficios potenciales, consideraciones éticas y sugerencias prácticas, todo basado en un enfoque respaldado por la evidencia científica y la experiencia clínica.


Introducción

La psicología clínica enfrenta el reto constante de responder a las complejidades de los pacientes, quienes presentan demandas diversas y cambiantes. La necesidad de un trabajo estructurado, flexible y centrado en objetivos claros ha llevado a explorar metodologías innovadoras. En este contexto, Scrum, surgida en el desarrollo de software (Schwaber & Sutherland, 2020), ofrece un marco adaptable que puede ser valioso para planificar y monitorizar procesos terapéuticos. Aunque aún no existen estudios empíricos extensos sobre su aplicación directa en psicología, sus principios coinciden con los de terapias como la cognitivo-conductual (Beck, 2011), la de aceptación y compromiso (Hayes et al., 2012) y la dialéctico-conductual (Linehan, 2015). La integración de Scrum puede potenciar la claridad, la colaboración y el compromiso, elementos clave para el éxito terapéutico.


¿Qué es Scrum?

Scrum es un marco de trabajo ágil basado en ciclos cortos e iterativos denominados sprints, que permiten avanzar mediante objetivos concretos y evaluaciones continuas. Estos ciclos incluyen actividades como la planificación del sprint, reuniones diarias de seguimiento (daily meetings), revisiones de resultados (sprint review) y reflexiones para el aprendizaje (retrospectivas) (Schwaber & Sutherland, 2020). Los valores esenciales de Scrum —compromiso, enfoque, respeto, coraje y apertura— se alinean con las competencias necesarias para fortalecer la alianza terapéutica (American Psychological Association, 2017).


Aplicación de Scrum en el trabajo clínico

Planificación colaborativa (Sprint planning)

En las primeras sesiones, el terapeuta y el paciente pueden definir metas concretas y alcanzables a corto plazo. Esto se asemeja a diseñar un sprint. Las metas pueden abarcar desde mejorar habilidades sociales hasta reducir pensamientos rumiantes o aumentar las actividades gratificantes.
Ejemplo práctico: Un paciente con depresión fija como meta salir a caminar tres veces por semana durante el próximo mes, registrando en un diario sus emociones antes y después de cada caminata.

Seguimiento regular (Daily meetings)

Aunque no se realicen reuniones diarias, iniciar cada sesión con una revisión breve de avances, dificultades y aprendizajes permite un seguimiento activo y fomenta la autogestión.
Ejemplo práctico: En terapia grupal, se dedica un tiempo inicial para que los participantes compartan logros y obstáculos desde la última sesión, promoviendo la cohesión y el apoyo mutuo.

Revisión y ajuste (Sprint review y retrospectiva)

Cada cierto número de sesiones (por ejemplo, cada 4 a 6 encuentros), el terapeuta y el paciente evalúan juntos lo alcanzado, identifican lo que funcionó y ajustan el plan según las nuevas necesidades.
Ejemplo práctico: En terapia de pareja, se analizan las estrategias de comunicación implementadas, se reconocen los logros y se establecen nuevas prácticas a fortalecer.

Documentación visual y compartida

La elaboración conjunta de tableros de seguimiento (físicos o digitales) permite una visualización clara de los avances y facilita el refuerzo positivo. Esto refuerza el sentido de progreso y el compromiso activo con la terapia.


Beneficios potenciales de Scrum en psicología

  • Empoderamiento y motivación: El paciente asume un rol activo en su proceso de cambio, lo que aumenta la motivación intrínseca (Ryan & Deci, 2000).
  • Claridad y estructura: Scrum ayuda a descomponer los objetivos terapéuticos en tareas específicas y medibles, facilitando la evaluación de los avances (Kazantzis et al., 2018).
  • Flexibilidad: Permite ajustar los objetivos y estrategias según surjan nuevas necesidades o contextos.
  • Fomento del aprendizaje y la resiliencia: Las revisiones periódicas fortalecen habilidades de autoevaluación y resolución de problemas.

Herramientas terapéuticas inspiradas en Scrum

  • Tableros Kanban y similares: Visualización de tareas por hacer, en progreso y realizadas.
  • Hojas de metas y retrospectivas: Documentos que ayudan al paciente a reflexionar sobre lo aprendido y a planificar los siguientes pasos.
  • Listas de chequeo personalizadas: Para facilitar la adherencia a tareas conductuales o cognitivas.
  • Apps y plataformas digitales: Herramientas como Trello o aplicaciones específicas de seguimiento terapéutico pueden ser aliadas en este proceso.

Consideraciones éticas y limitaciones

La implementación de Scrum debe ser flexible y adaptada al contexto clínico, evitando que la terapia se convierta en un proceso mecanicista. El uso de estos marcos debe guiarse por los principios éticos de la profesión (American Psychological Association, 2017) y considerar el consentimiento informado, la confidencialidad y las particularidades culturales y personales de cada paciente. Aún se requiere mayor investigación empírica que respalde su integración en psicoterapia, evitando un uso rígido o descontextualizado.


Conclusión

La metodología Scrum, correctamente adaptada, ofrece a los profesionales de la salud mental un marco innovador que puede aportar claridad, participación activa y capacidad de ajuste al proceso terapéutico. Sin embargo, su implementación debe centrarse siempre en el bienestar integral del paciente y en la preservación del carácter humano de la relación terapéutica. Futuros estudios y experiencias clínicas podrán aportar mayor evidencia sobre sus beneficios y limitaciones en el contexto psicológico.


Referencias

American Psychological Association. (2017). Ethical principles of psychologists and code of conduct. https://www.apa.org/ethics/code/

Beck, J. S. (2011). Cognitive behavior therapy: Basics and beyond (2nd ed.). Guilford Press.

Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and commitment therapy: The process and practice of mindful change (2nd ed.). Guilford Press.

Kazantzis, N., Reinecke, M. A., & Freeman, A. (Eds.). (2018). Cognitive and behavioral theories in clinical practice (2nd ed.). Guilford Press.

Linehan, M. M. (2015). DBT skills training manual (2nd ed.). Guilford Press.

Ryan, R. M., & Deci, E. L. (2000). Self-determination theory and the facilitation of intrinsic motivation, social development, and well-being. American Psychologist, 55(1), 68–78. https://doi.org/10.1037/0003-066X.55.1.68

Schwaber, K., & Sutherland, J. (2020). The Scrum Guide. Scrum.org. https://scrumguides.org

Duda obsesiva: cómo reconocerla y afrontarla

La duda es un elemento natural de la vida que nos ayuda a reflexionar, sopesar decisiones y evitar errores innecesarios. No obstante, cuando la duda se convierte en una presencia constante, incontrolable y angustiante, deja de ser una aliada y se transforma en un verdadero obstáculo. La duda obsesiva es una manifestación frecuente dentro del trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), caracterizada por pensamientos intrusivos, recurrentes y molestos que generan gran malestar. A diferencia de la duda normal, que tiene un fin adaptativo, la duda obsesiva demanda certezas imposibles de alcanzar, atrapando a la persona en un ciclo interminable de comprobaciones, revisiones y búsqueda de garantías (American Psychiatric Association [APA], 2013). Este tipo de duda puede afectar profundamente el funcionamiento cotidiano: desde el desempeño laboral y académico hasta las relaciones interpersonales y el propio bienestar emocional.

¿Qué es la duda obsesiva y cómo se manifiesta?

La duda obsesiva se presenta como pensamientos, imágenes o impulsos que invaden la mente de manera repetida y no deseada. Aunque la persona los reconoce como irracionales o exagerados, le resulta imposible detenerlos. Entre los ejemplos más comunes se encuentran: “¿Habré cerrado bien la puerta?”, “¿Y si olvidé algo que podría provocar un accidente?”, “¿Realmente amo a mi pareja o solo lo creo?”, “¿Habrá algo moralmente reprobable en lo que hice?”. Estas dudas, lejos de resolverse con una comprobación o razonamiento lógico, se intensifican con cada intento de obtener seguridad. Esto produce un círculo vicioso que incrementa la ansiedad y el malestar (Salkovskis, 1985).

La persona puede dedicar horas a revisar lo mismo una y otra vez, a pedir confirmaciones a otros, a rumiar mentalmente situaciones pasadas o a evitar actividades por temor a equivocarse. Este patrón, además de generar sufrimiento, contribuye al aislamiento social, la pérdida de productividad y la disminución de la calidad de vida. Con frecuencia, los afectados expresan sentirse atrapados en su propia mente y agotados por la lucha interna constante.

¿Por qué se mantiene este problema?

La duda obsesiva persiste porque las conductas que las personas adoptan para aliviar su ansiedad —como revisar, preguntar o evitar— ofrecen un alivio inmediato pero refuerzan el problema a largo plazo (Abramowitz, 2006). Esta dinámica se acompaña de creencias disfuncionales, como la necesidad de certeza total antes de actuar o la convicción de que tener un pensamiento negativo significa ser una mala persona (Rachman, 2003). A ello se suma una baja tolerancia a la incertidumbre, que hace que situaciones habituales se perciban como riesgos intolerables.

Abordajes terapéuticos con respaldo científico

El tratamiento de elección para la duda obsesiva es la terapia cognitivo-conductual (TCC) con exposición y prevención de respuesta (EPR), ampliamente validada por estudios científicos (National Institute for Health and Care Excellence [NICE], 2005). El objetivo es que la persona enfrente los estímulos temidos y se abstenga de realizar las conductas compulsivas, aprendiendo a tolerar la incomodidad de la incertidumbre y comprobando que la ansiedad disminuye por sí sola. Entre los componentes principales se encuentran:

  • Exposición: acercarse progresivamente a los pensamientos, imágenes o situaciones que disparan la duda sin evitarlos.
  • Prevención de respuesta: dejar de realizar las acciones ritualizadas, como revisar o buscar aprobación.
  • Reestructuración cognitiva: desafiar creencias como “si tengo un pensamiento negativo, es porque algo malo pasará” o “solo puedo actuar si estoy completamente seguro”.

En ciertos casos, puede recomendarse el apoyo farmacológico con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), lo que contribuye a disminuir la intensidad de las obsesiones y facilita la participación en la terapia (APA, 2013).

Ejemplo ampliado

Consideremos a una persona que duda obsesivamente tras enviar un correo, temiendo haber cometido un error grave. Un plan terapéutico podría incluir:

  1. Limitar las revisiones del correo antes de enviarlo a un número pactado (por ejemplo, dos).
  2. Aceptar y tolerar la ansiedad que surge tras el envío, sin buscar confirmaciones externas ni volver a leer el mensaje.
  3. Registrar en un diario las emociones y los pensamientos, observando cómo disminuyen con el tiempo sin necesidad de comprobaciones.
  4. Discutir los avances y obstáculos en sesión para reforzar los logros y ajustar las estrategias.

Estrategias terapéuticas adicionales

  • Construcción de una jerarquía de exposición: ordenar de menor a mayor dificultad las situaciones que generan duda y afrontarlas de forma progresiva.
  • Prácticas de aceptación de la incertidumbre: mediante ejercicios y frases como “puedo vivir con la duda” o “la certeza absoluta es inalcanzable”.
  • Mindfulness y defusión cognitiva: observar los pensamientos sin reaccionar a ellos ni intentar controlarlos (Hershfield & Corboy, 2013).
  • Entrenamiento en autocompasión: cultivar una actitud amable y comprensiva hacia uno mismo frente a los desafíos del proceso.
  • Análisis funcional de los rituales: identificar qué dispara las compulsiones y cómo se mantienen en el tiempo para diseñar intervenciones específicas.

Reflexión final

La duda obsesiva es una experiencia profundamente desgastante, pero tratable. Gracias a intervenciones basadas en la evidencia, es posible reducir el malestar, desafiar las creencias disfuncionales y desarrollar habilidades para manejar la incertidumbre. La clave está en buscar ayuda profesional, comprometerse con el proceso y practicar las herramientas aprendidas. El camino no es sencillo ni rápido, pero sí esperanzador: cada pequeño avance refuerza la posibilidad de una vida más libre, plena y en paz.


Referencias

Abramowitz, J. S. (2006). The psychological treatment of obsessive-compulsive disorder. Canadian Journal of Psychiatry, 51(7), 407–416. https://doi.org/10.1177/070674370605100702

American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). Washington, DC: Author.

Hershfield, J., & Corboy, T. (2013). The mindfulness workbook for OCD: A guide to overcoming obsessions and compulsions using mindfulness and cognitive behavioral therapy. New Harbinger Publications.

National Institute for Health and Care Excellence (NICE). (2005). Obsessive-compulsive disorder and body dysmorphic disorder: Treatment. NICE clinical guideline 31.

Rachman, S. (2003). The treatment of obsessions. Oxford University Press.

Salkovskis, P. M. (1985). Obsessional-compulsive problems: A cognitive-behavioural analysis. Behaviour Research and Therapy, 23(5), 571–583. https://doi.org/10.1016/0005-7967(85)90105-6

ReEncontrando la paz

A veces, la paz se pierde en el laberinto de nuestras expectativas más que en las respuestas de los demás.


En la complejidad de las relaciones humanas, he descubierto que uno de los desafíos más profundos radica en el acto de dar sin esperar nada a cambio. Cuando el bien que se ofrece con sinceridad no es reconocido o, peor aún, es rechazado, la paz interior puede desvanecerse rápidamente. ¿Cómo manejar este desencuentro emocional, cómo recuperar esa serenidad perdida?


Es aquí donde las enseñanzas de filósofos como Seneca y poetas como Rumi cobran vida. Seneca, en su sabiduría estoica, nos recuerda que el verdadero valor de nuestras acciones reside en la intención detrás de ellas, no en la respuesta que recibimos. Rumi, con su poesía mística, nos invita a encontrar la paz dentro de nosotros mismos, más allá de las circunstancias externas. Además, las lecciones de la espiritualidad cristiana, como las enseñanzas de San Francisco de Asís sobre el amor desinteresado, nos muestran que el acto de dar debe ser un regalo en sí mismo, independientemente de cómo sea recibido.


Así, me doy cuenta de que encontrar paz después de haber dado tanto y no ser reconocido implica un acto profundo de autocuidado y aceptación. Reconocer mis límites y la naturaleza imperfecta de las relaciones humanas es crucial. Al hacerlo, puedo redirigir mi enfoque hacia el valor intrínseco de mis acciones y encontrar consuelo en saber que he dado lo mejor de mí. Esta aceptación me libera de la carga de expectativas no cumplidas y me permite recuperar la paz perdida. En última instancia, descubro que la verdadera paz reside en el acto mismo de dar, sin importar el resultado externo.

Aprender a decir «no»: el arte de poner límites en lo laboral y familiar para proteger la salud mental

1. Introducción

Una de las dificultades más comunes que los psicólogos clínicos encuentran en consulta es la incapacidad de muchas personas para decir “no” a las demandas del entorno, especialmente en el ámbito laboral y familiar. Esta tendencia suele estar asociada a un deseo de aprobación, miedo al conflicto, baja autoestima o a creencias disfuncionales sobre el deber y la responsabilidad (Linehan, 2015). A largo plazo, la falta de límites puede llevar al agotamiento emocional, a la pérdida de sentido personal y a conflictos interpersonales (Neff, 2021).


2. ¿Por qué cuesta tanto decir «no»?

Desde una perspectiva cognitivo-conductual, la dificultad para establecer límites se vincula con esquemas mentales disfuncionales como: “si digo que no, me dejarán de querer”, “tengo que ser útil para que me valoren”, o “mi rol es estar disponible siempre” (Beck, 2010). Estos esquemas, muchas veces aprendidos en la infancia, se activan en situaciones de demanda y generan ansiedad, lo que lleva a la persona a ceder y priorizar las necesidades ajenas.

En el contexto laboral, esta dificultad puede expresarse como miedo a ser percibido como poco colaborador, a perder el empleo o a quedar mal frente a figuras de autoridad. En el entorno familiar, puede estar relacionada con mandatos de obediencia, culpa o sobre-responsabilidad afectiva (Young, Klosko & Weishaar, 2003).


3. Consecuencias de la falta de límites

La constante autoanulación para satisfacer a los demás puede tener efectos psicológicos importantes:

  • Síndrome de burnout (Maslach & Leiter, 2017): especialmente en contextos laborales donde no se diferencia el tiempo personal del profesional.
  • Ansiedad y somatización: cuando la persona siente que no tiene derecho a su propio espacio o descanso (Sapolsky, 2004).
  • Irritabilidad y resentimiento acumulado: que luego se manifiesta en conductas pasivo-agresivas o en rupturas abruptas.
  • Pérdida de identidad personal: por vivir siempre al servicio del otro sin cultivar intereses propios.

4. Estrategias terapéuticas para aprender a poner límites

Desde la intervención psicológica, se proponen varias estrategias eficaces para trabajar esta problemática:

4.1. Entrenamiento en asertividad

La asertividad es la capacidad de expresar de forma directa, honesta y respetuosa lo que uno piensa, siente o necesita, sin someterse ni agredir (Alberti & Emmons, 2017). Frases como:

  • “En este momento no puedo asumir esa tarea, pero puedo ayudarte más adelante.”
  • “Necesito descansar esta noche, no podré acompañarte.”

Permiten sostener el propio bienestar sin dañar la relación.

4.2. Reformulación cognitiva

Se trabaja en modificar creencias disfuncionales, por ejemplo:

  • De “Si digo que no, soy egoísta” → a “Decir que no también es un acto de honestidad y cuidado personal”.
  • De “Debo estar siempre disponible” → a “También tengo derecho a poner límites y cuidarme”.

(Beck, 2010; Neff, 2021)

4.3. Práctica gradual

No se trata de comenzar diciendo “no” a todo, sino de avanzar paso a paso. Por ejemplo, primero negarse a tareas menores, luego a compromisos que roban tiempo personal importante. Cada pequeño límite refuerza la sensación de autoeficacia y autonomía (Bandura, 1997).

4.4. Validación emocional y autocompasión

Es común que aparezca culpa tras decir “no”. La terapia puede enseñar a validar esa emoción sin dejarse gobernar por ella: “Es normal sentir culpa al principio, pero eso no significa que estés haciendo algo malo”. La autocompasión, entendida como tratarse a uno mismo con amabilidad, favorece este proceso (Neff, 2021).


5. Aplicaciones prácticas en el ambiente laboral y familiar

En lo laboral:

  • Establecer horarios de desconexión digital (no responder mensajes fuera de horario).
  • Negociar tareas y responsabilidades en función de los recursos reales.
  • Pedir reuniones para clarificar expectativas si hay sobrecarga.

En lo familiar:

  • Dialogar con claridad sobre los propios límites sin justificarse en exceso.
  • Establecer rutinas de autocuidado (espacios personales, hobbies, descanso).
  • Delegar responsabilidades cuando es necesario.

El objetivo no es volverse rígido o egoísta, sino recuperar un equilibrio sano entre el dar y el protegerse.


6. Conclusión

Aprender a decir “no” y poner límites no es un acto de rebeldía ni de frialdad, sino de madurez emocional y autocuidado. Quien no se prioriza acaba pagando con su salud física y mental. Desde la psicología clínica, acompañar este proceso implica ayudar al paciente a reescribir su historia interna: de alguien que teme ser rechazado por no complacer, a alguien que se respeta a sí mismo y elige con libertad cómo vincularse. El arte de poner límites es, en definitiva, un acto de amor propio.


Referencias

  • Alberti, R. E., & Emmons, M. L. (2017). Your perfect right: Assertiveness and equality in your life and relationships. New Harbinger Publications.
  • Bandura, A. (1997). Self-efficacy: The exercise of control. Freeman.
  • Beck, J. S. (2010). Cognitive behavior therapy: Basics and beyond (2nd ed.). Guilford Press.
  • Linehan, M. M. (2015). DBT skills training manual (2nd ed.). Guilford Press.
  • Maslach, C., & Leiter, M. P. (2017). Burnout: A multidimensional perspective. Psychology Press.
  • Neff, K. D. (2021). Fierce self-compassion: How women can harness kindness to speak up, claim their power, and thrive. HarperWave.
  • Sapolsky, R. M. (2004). Why zebras don’t get ulcers: The acclaimed guide to stress, stress-related diseases, and coping. Henry Holt and Company.
  • Young, J. E., Klosko, J. S., & Weishaar, M. E. (2003). Schema therapy: A practitioner’s guide. Guilford Press.

Mantener la conexión en la distancia: Consejos para matrimonios en crisis

En el transcurso de la vida conyugal, es natural que las parejas atraviesen etapas de distanciamiento emocional. La rutina diaria, las responsabilidades compartidas, los compromisos laborales, la crianza de los hijos, así como los conflictos no resueltos o eventos vitales estresantes, pueden generar una sensación progresiva de desconexión afectiva. A diferencia de una ruptura abierta, este distanciamiento no siempre se manifiesta con discusiones o conflictos explícitos, sino más bien con silencios, indiferencia o la falta de tiempo emocionalmente significativo. Este artículo, sustentado en principios de la psicología clínica y en investigaciones recientes, busca ofrecer estrategias prácticas para aquellas parejas que, pese al distanciamiento, desean mantener el vínculo y reconstruir la cercanía afectiva sin sacrificar su espacio personal.

1. Comprender el valor del espacio personal

Tener un espacio individual dentro de la pareja no implica egoísmo ni desapego, sino que responde a una necesidad legítima de conservar la identidad personal y fomentar el crecimiento individual. Cuando una persona se siente libre de ser sí misma y de desarrollarse dentro de la relación, es más probable que aporte bienestar y equilibrio al vínculo conyugal. Según Johnson y Whiffen (2003), las parejas emocionalmente seguras son aquellas que pueden tolerar e incluso promover la autonomía sin sentir que esta constituye una amenaza para el apego. Establecer tiempos y actividades personales —como dedicar horas a hobbies, amistades o momentos de reflexión individual— permite reducir la fusión emocional, prevenir el desgaste y promover una relación más madura y consciente. Reconocer el derecho del otro a ser distinto, a evolucionar, a tener espacios propios, es una forma profunda de amar sin poseer.

2. Reestablecer la conexión emocional de forma intencional

El distanciamiento no suele ser una elección deliberada. Muchas veces ocurre por acumulación de pequeñas omisiones, descuidos afectivos o falta de momentos compartidos con atención plena. Para revertirlo, es necesario actuar de forma intencional. Reconectar implica detenerse, observar al otro con nuevos ojos y reactivar la curiosidad afectiva. Preguntar con interés genuino cómo ha sido su día, qué lo preocupa o qué lo hace feliz. Escuchar sin interrumpir ni resolver, simplemente acompañar desde la empatía. Gottman (1994) ha demostrado que las parejas que permanecen unidas no son aquellas que no discuten, sino las que construyen pequeños momentos de intimidad cotidiana. Gestos sencillos como un abrazo prolongado al llegar a casa, una conversación sin pantallas entre medio, o salir a caminar sin urgencias, actúan como puentes para volver a encontrarse. La intencionalidad en estos gestos es más importante que su duración: la calidad del vínculo no se mide en cantidad de tiempo, sino en presencia emocional.

3. Comunicación empática y sin juicio

Una de las principales causas del deterioro de la intimidad emocional es la comunicación inefectiva o cargada de juicio. Aprender a hablar desde la vulnerabilidad y no desde la crítica permite reducir tensiones y abrir espacios de comprensión. Utilizar mensajes en primera persona (“yo me siento solo cuando no hablamos por días”) en lugar de acusaciones (“tú nunca me prestas atención”) favorece una conversación constructiva. La escucha activa implica no solo oír al otro, sino prestarle toda nuestra atención, reflejar lo que nos dice, validar sus emociones y mostrar disponibilidad emocional. Según Gottman (2015), las parejas más resilientes son aquellas que han cultivado una cultura del aprecio mutuo: reconocen los esfuerzos del otro, agradecen los gestos cotidianos, y no dan por sentada la presencia del compañero. Este reconocimiento constante actúa como amortiguador en momentos de tensión.

4. Crear nuevos rituales y cuidar los existentes

Los rituales compartidos tienen un poderoso efecto estructurante sobre el vínculo conyugal. Son momentos predecibles, significativos y emocionalmente cargados que permiten reforzar la conexión y dar sentido a la vida cotidiana. Algunos rituales surgen espontáneamente —el café de la mañana, un paseo semanal—, mientras que otros deben ser diseñados intencionalmente para cuidar la relación. En contextos de distanciamiento, es especialmente valioso reactivar antiguos rituales o crear nuevos espacios compartidos: una noche fija para ver una película juntos, una salida mensual sin hijos, o incluso un mensaje de buenos días. Estos gestos, aunque simples, transmiten al otro que sigue siendo importante y que el vínculo merece atención. Los rituales también ayudan a contrarrestar la rutina, crear anticipación positiva y sostener la intimidad emocional.

5. Reconocer las heridas y pedir ayuda cuando sea necesario

El distanciamiento emocional persistente muchas veces tiene raíces más profundas: heridas pasadas no resueltas, decepciones, palabras no dichas, o resentimientos acumulados. Ignorar estas heridas puede generar una sensación de lejanía crónica o de vivir juntos pero emocionalmente separados. En estos casos, acudir a terapia de pareja puede ser una decisión clave. La intervención de un profesional facilita un espacio seguro donde ambos pueden expresar sus sentimientos sin temor a ser juzgados, identificar patrones disfuncionales en la comunicación, y aprender herramientas prácticas para resolver conflictos y recuperar la alianza afectiva. La terapia también permite resignificar la historia compartida, recuperar el proyecto común y fortalecer el compromiso mutuo. Pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino un acto de responsabilidad afectiva y de cuidado hacia el vínculo.

Conclusión

Un matrimonio puede atravesar períodos de alejamiento sin que eso implique una sentencia definitiva. Las crisis no necesariamente son el fin, sino pueden ser oportunidades de crecimiento, maduración y renovación del amor. Lo fundamental es que ambos miembros estén dispuestos a mirar con honestidad el estado actual de la relación, asumir la parte que les corresponde, y comprometerse a trabajar por la reconexión. A través del respeto mutuo, la escucha empática, el cuidado de los espacios personales y el fortalecimiento de los momentos compartidos, es posible recuperar la intimidad afectiva y construir un vínculo más fuerte y consciente. Las parejas que se reconstruyen en medio de la distancia no solo se reencuentran, sino que emergen con una relación más sólida y profunda.

Referencias

  • Amato, P. R., & Previti, D. (2003). People’s reasons for divorcing: Gender, social class, the life course, and adjustment. Journal of Family Issues, 24(5), 602-626. https://doi.org/10.1177/0192513X03254507
  • Gottman, J. M. (1994). Why marriages succeed or fail: And how you can make yours last. New York: Simon & Schuster.
  • Gottman, J. M. (2015). The seven principles for making marriage work: A practical guide from the country’s foremost relationship expert. New York: Harmony Books.
  • Johnson, S. M., & Whiffen, V. E. (2003). Attachment processes in couple and family therapy. New York: Guilford Press.

Cuando la tierra prometida parece un espejismo

“Señor, recuérdame lo que prometiste cuando mi corazón olvide en medio del desierto.”

A veces la vida se siente como una travesía interminable por el desierto: cada día, una lucha. Cada oración, un eco. Me descubro cansado, con la esperanza polvorienta y la fe agrietada por el calor de las pruebas. En esos momentos, más que certezas, tengo preguntas. Y entonces vuelvo a mirar el cielo y le pido a Dios: “Recuérdame tus promesas.” Porque en medio del silencio y la incertidumbre, necesito que alguien, que Él, me diga que no estoy caminando en vano. Que hay una Tierra Prometida, aunque no la vea aún. Que esta travesía tiene sentido, aunque duela.

Me ayuda recordar que incluso los grandes caminantes de la fe vivieron crisis parecidas. Israel dudó en el desierto, y sin embargo, Dios permaneció fiel. San Pablo, desde la prisión, proclamaba: “Porque por fe andamos, no por vista” (2 Co 5,7), y san Agustín enseñaba que “Dios no nos abandona nunca, aunque nosotros lo olvidemos” (Confesiones, III, 11). Cuando leo estas palabras, entiendo que la fe no es ausencia de duda, sino persistencia en medio de ella. Es sostenerme en la promesa, como lo hizo Abraham, “esperando contra toda esperanza” (Rm 4,18). En el corazón de la teología cristiana, la promesa de la Tierra Prometida no es solo un lugar físico, sino el símbolo del descanso, la plenitud, la comunión con Dios: “Entrad en el descanso del Señor” (Hb 4,1). Y es allí donde me aferro, incluso cuando no veo más que arena y cielos cerrados.

Hoy no tengo todas las respuestas, pero vuelvo a orar con el Salmista: “Acuérdate, Señor, de tu alianza” (Sal 106,45). Esa súplica sencilla es mi ancla. Porque sé que Él no olvida. Yo sí. Por eso le pido que me recuerde, que me susurre al oído las promesas cuando mi memoria se nuble. Y aunque no haya maná cayendo del cielo ni nubes visibles guiando mis pasos, sigo caminando. Porque he decidido creerle, incluso cuando no entiendo. Esa es mi fe: no la certeza de lo visible, sino la confianza en Aquel que prometió llevarme hasta el final. Y si Él lo dijo, lo cumplirá.

Eres más que una mirada

No eres un cuerpo que se exhibe: eres un alma que se expresa.

A veces te descubres dudando de ti misma frente a las miradas que te reducen. Esa forma en que algunos hombres te observan —como si fueras una pieza decorativa o una promesa de placer— te hace sentir ajena a tu propia dignidad. Te preguntas si eres vista o simplemente usada como reflejo de los deseos ajenos. Y ahí, en medio de ese malestar silencioso, surge una pregunta urgente: ¿cómo valorarte cuando el entorno insiste en verte como un objeto?

No estás sola en esta batalla interna. Simone de Beauvoir (1949) ya denunciaba cómo la mujer ha sido convertida en «el otro», definida por el varón, construida desde su mirada. Pero no eres un “otro” subordinado: eres un ser humano libre, autónomo, lleno de historia, pensamiento, emociones y espiritualidad. Edith Stein, filósofa y santa, escribió que la mujer está llamada a una plenitud que va mucho más allá de la apariencia: tiene una misión insustituible de irradiar verdad, belleza interior y fortaleza (Stein, 2000). No se trata de negar tu cuerpo ni esconderlo, sino de devolverle su sentido: no como espectáculo, sino como templo (1 Cor 6,19). Cuando artistas como Käthe Kollwitz representaban a mujeres cargando el peso del sufrimiento y la esperanza, lo hacían para devolverles humanidad, no para hacerlas agradables a los ojos del otro. Y tú también puedes resistir con tu sola presencia: sin gritar, sin complacer, sin pedir permiso para existir desde tu verdad más profunda.

Entonces, cuando alguien te mire sin verte, recuerda quién eres y qué llevas dentro. Tu valor no depende del juicio de ningún hombre, sino de tu conciencia despierta, tu historia sagrada, tu capacidad de amar, decidir y crear. No es fácil resistir la cosificación, pero es posible cultivar una mirada nueva sobre ti misma: una que nace del respeto y el amor propio. Ahí comienza tu verdadera libertad. Porque sí, puedes caminar entre las miradas y no perderte; puedes vestirte como elijas y seguir siendo digna; puedes recibir un halago sin convertirlo en mandato. Y al hacerlo, respondes con valentía a esa pregunta que una vez te hería: ¿cómo valorarte? Viviendo desde la certeza de que eres persona. No parte. No cosa. No otro. Eres tú.

Referencias
Beauvoir, S. de (1949). El segundo sexo. París: Gallimard.
Stein, E. (2000). La mujer: su naturaleza y su destino según la mente de Dios. Burgos: Monte Carmelo.
Biblia. (1 Corintios 6, 19).
Kollwitz, K. (Obra artística).

Atrévete a decidir


La vida no espera: o eliges tú, o alguien más elegirá por ti.

Te encuentras frente a un cruce de caminos. No es la primera vez, pero esta vez pesa más. Sabes que decidir es perder algo para ganar otra cosa, y eso te asusta. Tienes miedo de equivocarte, de arrepentirte, de que los demás te juzguen o, peor aún, de que tú mismo no te perdones si todo sale mal. Pero ¿qué pasaría si dejas que el miedo decida por ti? Vivir sin decidir es una forma lenta de desaparecer. Kierkegaard decía que “la angustia es el vértigo de la libertad” (1844/2006), y tú estás justo ahí, temblando en ese umbral donde se abren posibilidades infinitas… y también sus riesgos. Pero también está la promesa: lo que aún no sabes que puedes llegar a ser si das el paso.

Has leído sobre Ulises amarrándose al mástil para no ceder ante los cantos de las sirenas. Has visto a Teresa de Calcuta elegir a los pobres en vez de la comodidad. Has admirado a Van Gogh, que sin certezas eligió seguir pintando a pesar del rechazo. Decidir exige valentía porque es un acto creador: cada vez que eliges, creas un camino que no existía antes. Viktor Frankl, desde el horror de un campo de concentración, decía que la libertad última del hombre es elegir su actitud frente a las circunstancias (Frankl, 1946/2012). Y esa libertad, aunque pequeña, es tuya. No hay garantía de éxito, pero sí hay verdad cuando decides con el corazón limpio, después de discernir, sin autoengaños ni complacencias. La vida madura cuando uno asume la responsabilidad de decidir por sí mismo.

Así que ahora, cuando el miedo te paralice, recuerda que ser valiente no es no temer, sino actuar a pesar del miedo. Decidir es un acto profundamente humano, y tú lo eres. No esperes la seguridad total, porque nunca llega. Decide, aunque tiemble el alma. Porque, al final, lo más terrible no es equivocarse, sino no haberse atrevido a vivir. En ese paso libre y valiente está la semilla de lo que puedes llegar a ser.


Referencias:

Frankl, V. E. (2012). El hombre en busca de sentido (27.ª ed.). Herder. (Obra original publicada en 1946)
Kierkegaard, S. (2006). El concepto de la angustia (4.ª ed.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1844)

Caminar sin ver, creer sin probar


Hay pasos que solo se dan con los ojos cerrados y el corazón abierto.

Te preguntas si vale la pena seguir cuando los frutos no llegan, cuando lo sembrado parece enterrado en un suelo estéril. Te inquieta vivir sin certezas, avanzar cuando no hay garantías, amar sin respuesta. Y, sin embargo, algo en ti intuye que hay un valor más hondo que la cosecha visible: el de caminar con fe. Como quien cruza el desierto confiando en la promesa de un manantial, aunque todo indique lo contrario. No es resignación, es un acto de libertad: creer cuando no ves. Es ahí donde nace la fe verdadera, la que no exige pruebas para sostenerse.

Pienso en Abraham, llamado a dejar su tierra sin saber a dónde iba (Heb 11,8), y en Teresa de Lisieux, que escribió: “No tengo la alegría de la fe, pero trato de obrar como si la tuviera” (Martin, 2007). La fe no es sentir, sino elegir confiar. Kierkegaard habló del «salto de fe», no como irracionalidad, sino como un acto humano profundo que responde a una verdad más alta que lo visible (Kierkegaard, 1843/1992). Incluso Van Gogh, en su dolorosa oscuridad interior, escribió: “No se puede tener una idea sin fe; fe en que valga la pena expresarla” (Van Gogh, 1883). La fe te ancla no en resultados, sino en sentido. Por eso, cuando no ves frutos, sigues sembrando: porque tu esperanza no depende del calendario de la tierra, sino del tiempo de Dios.

Sí, caminar con fe duele, porque renuncias a controlar. Pero al hacerlo, te haces más tú: más libre, más humilde, más profundo. No es una derrota, es una forma de amor. Porque amar también es creer sin ver. Si hoy tus manos están vacías, que tu corazón no lo esté. La pregunta ya no es “¿vale la pena?” sino “¿quién estoy llegando a ser al confiar?”. En esa fidelidad silenciosa, creces. Porque los frutos que importan no siempre se ven. Y caminar con fe, aunque no veas, es ya en sí mismo, el primer milagro.


Referencias:

Kierkegaard, S. (1992). Fear and Trembling (A. Hannay, Trans.). Penguin Classics. (Original work published 1843)
Martin, R. (2007). La historia de un alma: Autobiografía de Santa Teresita del Niño Jesús. Edibesa.
Van Gogh, V. (1883). Letters to Theo.