Estás ahí. Otra vez. Mirando la pantalla mientras el café —ese que se suponía era tu «combustible»— ya tiene esa película opaca y triste de lo que se dejó para después. Frío. Como tu entusiasmo a las once de la mañana. Me pasa, ¿viste? Nos pasa a los que compramos el mito de la productividad infinita. Es esa sensación de ser una cuerda de guitarra tensada por un maníaco que no sabe cuándo dejar de girar la clavija. «La cuerda se rompe», decimos. Pero antes de quebrarse, desafina. Y duele.
La biología no negocia. El eje HHA no entiende de plazos de entrega ni de algoritmos. Él solo huele amenaza. Gabor Maté lo clava cuando dice que «si no puedes decir no, tu cuerpo lo dirá por ti» (Maté, 2003). Es una verdad incómoda: tu migraña es un «basta» que no te animaste a verbalizar. El cortisol fluye, no para huir de un depredador, sino porque un mensaje te vibró en el muslo. Es un gasto metabólico absurdo que nos está vaciando por dentro.
Cargamos la piedra de Sísifo con un orgullo que roza lo patológico. «Puedo con todo», te repetís mientras te salta un párpado. Camus (1942) decía que el esfuerzo hacia la cumbre basta para llenar un corazón, pero, seamos honestos, a veces solo nos deja la espalda molida. La omnipotencia es una trampa de la modernidad. Creer que somos funciones y no seres es el primer paso hacia el colapso. No sos una máquina; sos, con suerte, una criatura tratando de entender su propio cansancio.
Falta silencio. Pero no ese silencio de biblioteca, sino el de Heschel (2003): el «palacio en el tiempo». El Shabat, o como quieras llamarlo, es un límite sagrado. Es dejar de ser un «recurso» para volver a ser presencia. Poner un freno no es un acto de vagancia, es una huelga existencial necesaria. Si no construís ese santuario cronológico, el mundo te va a devorar a dentelladas de «pendientes».
Quizás, solo quizás, la salud mental sea recuperar el derecho a la lentitud. Si hoy la piedra pesa demasiado, soltala un rato. El universo no se va a detener porque te permitas diez minutos de absoluta inutilidad. Al final del día, lo que importa no es cuánto produjiste, sino si todavía te queda algo de ti cuando por fin se apaga la luz y el silencio te encuentra de nuevo.
Bibliografía
Camus, A. (1942). El mito de Sísifo. Alianza Editorial.
Heschel, A. J. (2003). The Sabbath. Farrar, Straus and Giroux.
Maté, G. (2003). When the body says no: The cost of hidden stress. Wiley.


