Sinceramente, hay días en los que uno siente que el suelo se desvanece y, ¿saben qué?, quizá sea lo mejor. Vivimos huyendo del caos como si fuera la peste, pero esa inercia de «estar bien» es una trampa mortal. El piloto automático nos oxida. A veces, hace falta que el Jenga de nuestra vida se desmorone para ver qué piezas eran de madera sólida y cuáles puro cartón pintado. El golpe avisa. Despierta.
Primero, la crisis funciona como un filtro de honestidad brutal. Cuando todo se rompe —y vaya si duele—, las máscaras sociales se caen solitas. Ya no hay energía para fingir. Es ese «reinicio forzado» que, aunque nos fastidie, limpia el sistema de procesos inútiles. Como bien anotó Emil Cioran en Del inconveniente de haber nacido, «una catástrofe que se hace esperar es una catástrofe que nos devora» (1973). Mejor que el incendio ocurra hoy y no que nos consuma lentito por dentro durante décadas.
Por otro lado, la escasez es la madre de la inventiva, o al menos eso dicen en mi barrio. En la abundancia somos tontos y repetitivos. Pero en el vacío… ah, ahí es donde el ingenio se pone las botas. Viktor Frankl, que de abismos sabía bastante, explicaba en El hombre en busca de sentido (2015) que el sufrimiento deja de ser tal en el momento en que encuentra un sentido. La crisis no es el fin del camino, sino un cambio de rasante que te obliga a mirar el mapa de otra forma, mucho más creativa y, curiosamente, más humana.
Finalmente, está el asunto de la reconstrucción. No se trata de volver a ser los de antes —menudo aburrimiento sería eso—, sino de aceptar que las cicatrices son parte del nuevo diseño. A veces, las piezas viejas ya no encajan en el presente y eso, aunque de miedo, está perfecto. Es una evolución a base de martillazos, un poco bruta, sí, pero genuina.
Al final del día, si no fuera por esos naufragios emocionales o económicos, seguiríamos flotando en una mediocridad cómoda pero estéril. Quizás la salvación no sea un puerto seguro, sino el valor de aprender a nadar cuando el barco ya se hundió. ¿No les parece?
Bibliografía
- Cioran, E. M. (1973). Del inconveniente de haber nacido. Taurus.
- Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.


