La biblioteca que no supo abrazar: Cuando la paz llegó sin cita previa

A veces, la teoría es un paraguas de papel bajo un diluvio misionero. Uno se pasa la vida acumulando títulos, papers y esa suficiencia académica que te hace creer que tienes las respuestas para el dolor ajeno, pero cuando el frío te toca a ti… , ahí la cosa cambia. Me pasó. Me encontré frente al espejo con un doctorado en curso y el alma en llantas, dándome cuenta de que mis libros no sabían cómo consolarme. ¿De qué sirve saber diseccionar la neurobiología de la angustia si no puedes frenar el temblor en tus propias manos? Fue un choque de frente, sin cinturón de seguridad.

El muro de cristal de la intelectualización

Mi primera gran epifanía fue dolorosa: el conocimiento es un mapa, pero no es el territorio. Me refugié en la clínica, en el rigor del diagnóstico diferencial —queriendo etiquetar mi propia tristeza como si fuera un caso de estudio más—, buscando en la bibliografía una salida de emergencia que no existía. Como bien decía Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido: «Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino» (1946). Yo intentaba elegir el camino de la lógica, pero la lógica es una herramienta muy pobre para reconstruir un corazón quebrado. Me sentía un fraude, o quizás, simplemente un humano descubriendo su propia fragilidad.

El silencio que precede al encuentro

La paz no me llegó en una conferencia, ni en un simposio de psicología cognitiva. Me encontró en el silencio más absoluto, ese que te obliga a escuchar lo que has estado tapando con ruido profesional. Fue un giro hacia adentro, casi místico, si se quiere. Recordé aquella frase de San Agustín en sus Confesiones: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (400). Y miren que yo soy de los que buscan la evidencia empírica para todo, pero hay una dimensión de la paz que escapa al laboratorio. No fue una resolución mágica del conflicto, sino más bien una aceptación radical de mi propia limitación. Fue soltar el control. Qué difícil es soltar el control cuando te han entrenado para tenerlo siempre.

Integrar la herida en el «laburo» diario

Ahora, cuando me siento frente a alguien en el consultorio, ya no lo hago solo desde el pedestal del saber. Lo hago desde la grieta. La paz que encontré no es la ausencia de problemas —sigo teniendo mil quilombos, como cualquiera—, sino una especie de ancla emocional que me permite no naufragar en mi propia ansiedad. Creo, o al menos quiero creer, que esa vulnerabilidad me hace mejor profesional. Ya no busco solo «curar», busco acompañar en el misterio. Quizás, después de todo, el mayor aprendizaje de mi carrera no fue un concepto técnico, sino el entender que la paz es un regalo que solo llega cuando dejamos de intentar explicarla para empezar a vivirla.

En fin, supongo que la verdadera sabiduría no consiste en saberlo todo, sino en saber qué hacer cuando no sabes nada. Es un proceso lento, a veces frustrante y con muchas recaídas, pero es lo que nos mantiene cuerdos en un mundo que nos exige ser máquinas de eficiencia.


Bibliografía

  • Agustín de Hipona, San. (2010). Confesiones (Trad. P. de Labriolle). Editorial Gredos. (Original publicado c. 400).
  • Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Editorial Herder. (Original publicado en 1946).

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