Hay vacíos que las palabras no pueden llenar, heridas que no cicatrizan con promesas vacías. Aunque creamos que tenemos el don de la oratoria o que un «lo siento» o un «te amo» es suficiente, la verdad es que en el dolor profundo, el ser humano anhela algo más tangible. Es en esos momentos cuando la palabra se desvanece y la acción, el gesto sincero, cobra vida. Es el lenguaje del alma que no necesita ser traducido.
El pensador y escritor C. S. Lewis, en sus cartas, nos recordaba la importancia de la acción sobre el discurso. Para él, el amor no era una emoción abstracta, sino una voluntad activa. Esto resuena con la vida de figuras como la Madre Teresa de Calcuta, quien dedicó su existencia a los gestos de cuidado y compasión, demostrando que la acción es una forma de oración. En el budismo, el concepto de karuna, que se traduce como compasión, implica no solo sentir por el otro, sino también tomar medidas para aliviar su sufrimiento. Y para los filósofos existencialistas como Jean-Paul Sartre, nuestra existencia se define por nuestras acciones y decisiones, no por lo que decimos que somos. Se podría decir que la palabra es un eco de la intención, pero el gesto es el martillo que la moldea en realidad. Un abrazo, un café a media noche, un oído atento sin la necesidad de un consejo, todos estos son gestos que demuestran una presencia activa. Son acciones que se convierten en símbolos de una verdad profunda, una conexión que va más allá de lo verbal. Nos recuerdan que el amor es un verbo en la mayoría de sus formas.
Personalmente, he llegado a entender que los gestos, por pequeños que sean, son la base de la sanación. A menudo, cuando un ser querido sufre, su mundo se reduce a su propio dolor, y las palabras externas pueden sentirse como ruido. Lo que realmente necesitan es que alguien se arremangue y se siente con ellos en ese espacio de oscuridad. Es la presencia, el acto de estar ahí, el que más sana. El profeta Isaías nos habla del siervo sufriente que carga con las penas de otros, una metáfora que, para el cristianismo, culmina en la figura de Jesús, cuya vida fue un gesto continuo de servicio, entrega y sanación. No se limitó a discursos, sino que caminó, tocó y se sentó con los que sufrían. He descubierto que esta es la forma más pura de amor, un eco del amor divino. Se trata de poner las manos en la masa y demostrar que el cuidado es una acción, no una simple declaración de intenciones. Al final del día, lo que realmente recuerda el corazón no es lo que se le dijo, sino cómo se le hizo sentir. Y en ese sentido, el lenguaje del amor verdadero es el de los gestos.
Referencias:
- Lewis, C. S. (1995). Cartas. Grupo Editorial Norma.
- Madre Teresa de Calcuta. (1997). El amor es acción. Editorial Sal Terrae.
- Sartre, J.-P. (2009). El existencialismo es un humanismo. Edhasa.
- Isaías. (s.f.). En La Biblia.


