Cuando amar también es soltar


“Hay despedidas que no son falta de amor, sino un acto profundo de fidelidad a la verdad.”

Nunca imaginé que amar también podía significar dejar ir. Me enseñaron que el amor todo lo soporta, pero nunca que también se agota. Llegó un momento en el que la ternura se volvió esfuerzo, la comprensión se tornó desgaste y mi esencia empezó a achicarse para poder caber en lo que el otro esperaba de mí. No fue una decisión impetuosa, sino una de esas certezas que crecen lento, como el alba. Me dolía mirarlo y reconocer que aún lo amaba, pero que eso ya no bastaba. Y me dolía más saber que él seguía esperando que yo dejara de ser quien soy para que las cosas funcionaran. En esa encrucijada, tomé la decisión más amarga: separarme no por falta de amor, sino por respeto mutuo, por dignidad compartida.

Comprendí que la aceptación es la savia del verdadero vínculo. Kierkegaard decía que amar es querer al otro tal como es, no como uno desearía que fuera (Kierkegaard, 1847). Y sin embargo, su amor parecía condicionado a mi transformación en alguien más “llevadera”, “menos intensa”, “más moldeable”. No podía, ni quería, traicionarme por encajar. Simone Weil escribió que “la atención auténtica es la forma más rara y pura de generosidad” (Weil, 1951), y yo había vivido años pidiendo atención sin ser vista realmente. En el espejo del vínculo, terminé sintiéndome sola, desdibujada. San Agustín decía que la verdad habita en lo más íntimo del ser (Confesiones, X, 27), y en lo más íntimo supe que quedarme significaba perderme. Por eso, aunque me rompiera el alma, elegí el camino que no quería tomar, pero que debía.

Hoy miro atrás sin rencor, pero también sin nostalgia engañosa. Porque me fui no porque no lo quisiera, sino porque aprendí a quererme también a mí. A veces, amar de verdad significa reconocer que no podemos seguir en el mismo camino si no hay espacio para los dos como realmente somos. La separación no fue una derrota, sino una elección por la vida. Como dijo Rilke, “lo que es duro es vivirlo todo” (Rilke, 1929), y vivir esta separación fue una forma de fidelidad: a la verdad, al amor que ya no podía crecer, y a la esperanza de que, quizás en otro tiempo o en otra forma, aprendamos ambos a amar mejor.

Referencias
Kierkegaard, S. (1847). Obras del amor.
Weil, S. (1951). Attente de Dieu. Paris: Fayard.
Agustín de Hipona. (397). Confesiones.
Rilke, R. M. (1929). Cartas a un joven poeta.

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