Compromiso: Entre el Matrimonio y la Fe

Cuando pronuncio la palabra “compromiso”, resuena en mí con una seriedad ineludible. No es solo una promesa, ni un acuerdo pasajero, sino una entrega de la voluntad, una decisión que se renueva cada día. Lo he visto en el matrimonio y lo experimento en mi fe. Ambos son caminos de amor, de renuncia, de crecimiento y de fidelidad.

Compromiso y libertad: el gran dilema

Jean-Paul Sartre (1943) afirmaba que estamos “condenados a ser libres”, una frase que siempre me ha parecido paradójica. Nos enfrenta a la angustia de la elección, a la certeza de que cada compromiso limita otras posibilidades. Cuando uno se casa, renuncia a la infinidad de vidas que podría haber tenido con otras personas. Cuando uno se compromete con Dios, renuncia a las idolatrías del mundo. ¿Es esto una pérdida? Si lo fuera, ¿por qué el corazón experimenta paz en la entrega?

Simone Weil (1992) diría que la verdadera libertad no está en la multiplicidad de opciones, sino en la adhesión amorosa a la verdad. En el matrimonio y en la fe, la entrega no esclaviza, sino que humaniza. Lo que para Sartre era condena, para Weil es gracia. Y yo, en mi experiencia, me descubro en esta última visión: la fidelidad me ensancha, me libera del egoísmo y me lanza a una plenitud que no podría encontrar en la mera independencia.

Amor y sacrificio: la esencia de la entrega

C.S. Lewis (1960) decía que el amor no es un simple sentimiento, sino un acto de la voluntad. Amar es decidirse por el otro cuando la emoción se disipa, cuando los días son grises y el camino parece árido. En el matrimonio, esto es evidente: el enamoramiento inicial da paso a una decisión diaria de sostenerse, de caminar juntos. En la fe, ocurre algo similar: hay momentos de fervor, pero también de sequedad. Amar a Dios es elegirlo cuando no se siente, cuando parece distante, cuando la oscuridad se hace presente.

Jesús mismo nos dio el ejemplo supremo del amor como sacrificio. En Getsemaní, sintió el peso de su misión y dijo: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42, Biblia de Jerusalén). El matrimonio y la fe requieren este mismo abandono: no imponer la propia voluntad, sino aprender a amar en el sacrificio.

La fidelidad: una resistencia contra la cultura del descarte

El Papa Francisco (2016) habla con frecuencia de la “cultura del descarte”, esa mentalidad moderna que desecha todo lo que no es inmediato, cómodo o placentero. Lo veo en el mundo de las relaciones: matrimonios que se rompen cuando la dificultad aparece, amistades que se enfrían por falta de conveniencia. Lo veo también en la fe: personas que abandonan a Dios cuando no responde a sus expectativas.

Pero el amor verdadero, tanto en el matrimonio como en la fe, no es transaccional. No se trata de “te doy para que me des”. Kierkegaard (1843) en Las obras del amor insiste en que el amor cristiano es un mandato, no un sentimiento voluble. Amar a Dios no depende de si recibimos bendiciones visibles, como amar a un cónyuge no depende de si nos hace felices en cada momento.

Conclusión: la eternidad del compromiso

Cuando miro mi vida, veo que mis momentos de mayor crecimiento han sido aquellos en los que elegí permanecer. Permanecer en el amor, en la fe, en la lucha. La fidelidad no es fácil, pero en ella se esconde el misterio más profundo del ser humano: nuestra vocación a lo eterno.

San Agustín (2006) decía en Las Confesiones: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (p. 3). Creo que este descanso se encuentra en la fidelidad. Ser fiel en el matrimonio y en la fe es, al final, una forma de encontrar la verdadera paz.

Referencias

• Agustín de Hipona. (2006). Las confesiones (E. Gilson, Ed.). Editorial BAC.

• Francisco. (2016). Amoris laetitia. Libreria Editrice Vaticana.

• Kierkegaard, S. (1843). Las obras del amor. Fondo de Cultura Económica.

• Lewis, C. S. (1960). Los cuatro amores. Editorial Rialp.

• Sartre, J. P. (1943). El ser y la nada. Gallimard.

• Weil, S. (1992). La gravedad y la gracia. Trotta.

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