EL ARTE DE NAVEGAR EN LA NIEBLA: CUANDO EL CONTROL ES UN ESPEJISMO (Consejos a quienes toman decisiones)

Te detienes un segundo, miras tu agenda saturada y sientes que, a pesar de tus éxitos, el suelo bajo tus pies parece arena movediza. Te han enseñado que el liderazgo es sinónimo de previsión absoluta, pero tu realidad de alto impacto te recuerda que habitas un mundo volátil donde la incertidumbre es la única constante. Como bien observaba Kierkegaard, esa angustia que experimentas no es más que el «vértigo de la libertad», la consciencia profunda de que eres el autor de tu propia biografía en medio de un océano de posibilidades. No permitas que la urgencia de los resultados te robe la calma; recuerda que, según la sabiduría de Marco Aurelio, la verdadera serenidad no es la ausencia de tormenta, sino el fortalecimiento de tu «ciudadela interior» frente al caos externo.

Gestionar lo impredecible requiere que dejes de ver el futuro como una amenaza y empieces a entenderlo como el espacio sagrado donde se forja tu carácter. En la psicología de alta complejidad, aplicamos la dicotomía del control: a menudo te desgastas intentando gobernar eventos externos, mientras descuidas el único territorio soberano que realmente posees, que es tu propia interpretación de los hechos. Si logras habitar ese espacio de libertad entre el estímulo y tu respuesta, como proponía Viktor Frankl, transformarás el estrés reactivo en una respuesta cargada de sentido y propósito. No se trata de alcanzar la omnipotencia, sino de recuperar la humildad de reconocer que no somos dioses, permitiendo que el descanso sea un acto de sabiduría y no un lujo postergado.

Al final del día, tu capacidad para liderar de manera auténtica depende de cuánto te atreves a confiar en lo invisible. La tradición cristiana nos invita a no afanarnos por el mañana, entendiendo que la paz es una decisión basada en la confianza y no en la seguridad de las estadísticas. Quizás la verdadera maestría profesional consista en aceptar tu fragilidad original para que el «centinela de tu mente» deje de vigilar peligros imaginarios y empiece a custodiar tu presencia real en el aquí y ahora. ¿Y si la incertidumbre fuera, en realidad, la invitación necesaria para dejar de producir y empezar, simplemente, a ser? Respira, suelta el timón por un instante y confía en que el sentido de tu labor trasciende cualquier diagnóstico de mercado.

CUANDO EL NORTE TIEMBLA: CRÓNICA DE UN CORAZÓN QUE GRITA POR ERROR (Crónicas sobre la Ansiedad)

Amaneció en Posadas con esa humedad que se te mete en los huesos y, mientras miraba el vapor de mi café, me dio por cavilar —llámenlo deformación profesional o simple manía de doctorando— sobre por qué demonios nos peleamos tanto con lo que sentimos. Nos han vendido que estar ansioso es como tener un virus o una falla de fábrica que hay que extirpar sin anestesia. Pero, ¿y si estamos mirando el mapa al revés? Quizás la ansiedad no es ese monstruo debajo de la cama, sino una brújula descalibrada que grita porque teme que te pierdas en el camino.

Primero, hay que entender que ese nudo en el estómago es, en esencia, un centinela muy fiel que se quedó sin pilas o que, de tanto ver sombras, empezó a confundir un gato con un tigre de Bengala. Søren Kierkegaard decía algo que me vuela la cabeza: «La angustia es el vértigo de la libertad». Básicamente, si tiemblas es porque puedes elegir, porque tu «Yo» está frente a un abismo de posibilidades y tu sistema de alarma simplemente se ha vuelto hipervigilante ante la incertidumbre del futuro.

En segundo lugar, recalibrar no es lo mismo que silenciar. En la clínica, o incluso cuando uno revisa su propia historia, se nota que la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) no busca «borrar» la emoción, sino entender su gramática. Si no distinguimos entre una depresión real y una crisis de sentido, terminamos medicando el alma cuando lo que se necesitaba era un propósito. Como bien soltó Viktor Frankl, el hombre que tiene un «porqué» puede soportar casi cualquier «cómo».

Finalmente, el cuerpo grita lo que la lengua no se atreve ni a susurrar: taquicardias, insomnio o ese ruido mental constante. Es pura semiótica biológica. En iPsiquis —ese proyecto que por fin verá la luz este marzo— buscamos justamente eso: entender la arquitectura del malestar. No es lo mismo un estrés por exceso de agenda que una herida de abandono disfrazada de urgencia.

Al final, quizás la paz no sea el silencio absoluto, sino aprender a bailar con el ruido. No busquen apagar la brújula; aprendan a leerla de nuevo, con paciencia y algo de rigor académico. Creo yo, vamos, que el miedo deja de ser una cárcel para volverse el primer paso hacia una vida más auténtica.


Bibliografía

  • Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder. (Obra original publicada en 1946) .
  • Kierkegaard, S. (2016). El concepto de la angustia (D. G. Rivero, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1844) .
  • Sayago, J. M. (2026). Estrategia de Comunicación Clínica iPsiquis: Semestre I. Documento técnico de trabajo.

El rostro detrás del código: reflexiones de un psicólogo.

Soren Kierkegaard advirtió que «una vez que me etiquetas, me niegas». En el encuentro clínico, es tentador refugiarse en la seguridad estadística del DSM-5, reduciendo el misterio de una vida a un conjunto de criterios diagnósticos. Sin embargo, la depresión no es solo una lista de síntomas o un desequilibrio neuroquímico; es el grito de un alma que ha perdido su brújula en medio de la niebla. Al recibir a un paciente, no veo una patología caminando, sino una narrativa herida que busca ser reconocida en su totalidad. El diagnóstico debe ser una herramienta para la comprensión, un punto de partida necesario, pero nunca el punto final donde se agota la identidad de un ser humano que sufre, ama y anhela trascender su propio dolor.

La psicología basada en la evidencia nos ofrece protocolos rigurosos, como los de la Terapia Cognitivo-Conductual, que resultan esenciales para aliviar el padecimiento de manera eficaz. No obstante, el rigor científico no debe convertirse en una armadura que nos impida ver la singularidad radical del otro. Como sostenía Karl Jaspers, el ser humano es siempre algo más de lo que sabe de sí mismo. En mi labor, integro la técnica con la mirada existencial, comprendiendo que los esquemas mentales no son solo estructuras lógicas, sino la forma en que cada persona intenta dar sentido a su existencia en un mundo a menudo caótico. No tratamos trastornos aislados, sino personas que, en su complejidad inagotable, desafían cualquier intento de categorización absoluta.

En mi práctica diaria, cada sesión se convierte en un espacio sagrado donde la ciencia y la trascendencia se estrechan la mano. Reconozco frente a mí una dignidad intrínseca que ninguna etiqueta clínica puede abarcar por completo; estoy ante una historia que merece ser tratada con reverencia. El DSM-5 nos entrega el mapa, pero el paciente es quien habita el territorio de sus sombras y sus luces. Mi compromiso no es solo corregir lo que parece «roto», sino acompañar al individuo en el descubrimiento de un propósito que dote de significado a su biografía. Al final, la verdadera salud mental no es solo la ausencia de síntomas, sino la restauración de la capacidad de amar, trabajar y esperar con libertad.


Referencias

  • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.).
  • Jaspers, K. (1997). General Psychopathology (J. Hoenig & M. W. Hamilton, Trans.). Johns Hopkins University Press. (Original work published 1913).
  • Kierkegaard, S. (2007). The Concept of Anxiety: A Simple Psychologically Orienting Deliberation on the Dogmatic Issue of Hereditary Sin (R. Thomte, Trans.). Princeton University Press. (Original work published 1844).

La alquimia del amanecer: El arte de RE-SOL-VER

«En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible» Albert Camus

«En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible», escribió Albert Camus en su obra El verano. Estas palabras resuenan con una fuerza telúrica cuando la depresión tiñe el mundo de un gris persistente, convirtiendo la existencia en una neblina donde los contornos de la alegría se desdibujan. A menudo entendemos «resolver» como la acción técnica de solucionar un problema o desenredar un nudo lógico; sin embargo, me permito habitar la etimología poética que este término nos sugiere: RE-SOL-VER, el acto sagrado de volver a ver el sol. En la profundidad del abatimiento, la esperanza no es un optimismo ingenuo, sino la convicción de que la luz sigue existiendo aunque mis ojos, fatigados por la sombra, hayan olvidado su calidez. Esta reflexión nace de la necesidad de entender que sanar no es borrar el dolor, sino recuperar la capacidad de percibir el resplandor que siempre habita detrás de las nubes del alma.

Caminar por el túnel de la melancolía me ha enseñado que la oscuridad tiene su propio lenguaje, uno que San Juan de la Cruz describió magistralmente en La noche oscura como un tránsito necesario para el encuentro con lo divino. Para el místico, el vacío no es una ausencia absoluta, sino una purificación que prepara la mirada para una visión más alta. De igual modo, Viktor Frankl, en su obra El hombre en busca de sentido, nos recuerda que incluso en las condiciones más desoladoras, el ser humano conserva la libertad de elegir su actitud; esa elección es el primer destello de nuestro «sol» interno. Desde la espiritualidad cristiana, la figura de Cristo como «Luz del mundo» no propone una eliminación mágica de las sombras, sino una promesa de compañía a través de ellas. RE-SOL-VER implica, entonces, un ejercicio de memoria espiritual: recordar que el sol no se ha apagado, sino que nosotros hemos bajado los párpados por el peso del cansancio. Es un proceso donde la razón acepta que el ciclo de la vida incluye el ocaso, pero la fe garantiza la certeza del alba.

Finalmente, comprendo que volver a ver el sol es un acto de resistencia y de entrega simultánea. No se trata de forzar la claridad, sino de disponer el corazón para recibirla cuando el tiempo del duelo haya cumplido su propósito transformador. Para mí, la esperanza es ese hilo invisible que conecta mi presente sombrío con la promesa de un nuevo amanecer; es la «pequeña niña esperanza» de la que hablaba Charles Péguy, que camina entre sus hermanas mayores, la fe y la caridad, guiándolas en silencio. Resolver mis conflictos internos ha dejado de ser una tarea de ingeniería emocional para convertirse en una contemplación paciente. Al final del camino, descubro que el sol que vuelvo a ver no es el mismo que dejé de mirar: es una luz tamizada por la experiencia, más suave y compasiva, que me susurra que incluso después de la noche más larga, la vida siempre reclama su derecho a brillar.


Referencias Bibliográficas

  • Camus, A. (1954). El verano. Alianza Editorial.
  • Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.
  • Juan de la Cruz, S. (2010). La noche oscura. Editorial San Pablo.
  • Péguy, C. (2009). El pórtico del misterio de la segunda virtud. Encuentro.

LA DICTADURA DEL MAÑANA Y EL CAFÉ QUE SE ENFRIÓ

Estás ahí. Otra vez. Mirando la pantalla mientras el café —ese que se suponía era tu «combustible»— ya tiene esa película opaca y triste de lo que se dejó para después. Frío. Como tu entusiasmo a las once de la mañana. Me pasa, ¿viste? Nos pasa a los que compramos el mito de la productividad infinita. Es esa sensación de ser una cuerda de guitarra tensada por un maníaco que no sabe cuándo dejar de girar la clavija. «La cuerda se rompe», decimos. Pero antes de quebrarse, desafina. Y duele.

La biología no negocia. El eje HHA no entiende de plazos de entrega ni de algoritmos. Él solo huele amenaza. Gabor Maté lo clava cuando dice que «si no puedes decir no, tu cuerpo lo dirá por ti» (Maté, 2003). Es una verdad incómoda: tu migraña es un «basta» que no te animaste a verbalizar. El cortisol fluye, no para huir de un depredador, sino porque un mensaje te vibró en el muslo. Es un gasto metabólico absurdo que nos está vaciando por dentro.

Cargamos la piedra de Sísifo con un orgullo que roza lo patológico. «Puedo con todo», te repetís mientras te salta un párpado. Camus (1942) decía que el esfuerzo hacia la cumbre basta para llenar un corazón, pero, seamos honestos, a veces solo nos deja la espalda molida. La omnipotencia es una trampa de la modernidad. Creer que somos funciones y no seres es el primer paso hacia el colapso. No sos una máquina; sos, con suerte, una criatura tratando de entender su propio cansancio.

Falta silencio. Pero no ese silencio de biblioteca, sino el de Heschel (2003): el «palacio en el tiempo». El Shabat, o como quieras llamarlo, es un límite sagrado. Es dejar de ser un «recurso» para volver a ser presencia. Poner un freno no es un acto de vagancia, es una huelga existencial necesaria. Si no construís ese santuario cronológico, el mundo te va a devorar a dentelladas de «pendientes».

Quizás, solo quizás, la salud mental sea recuperar el derecho a la lentitud. Si hoy la piedra pesa demasiado, soltala un rato. El universo no se va a detener porque te permitas diez minutos de absoluta inutilidad. Al final del día, lo que importa no es cuánto produjiste, sino si todavía te queda algo de ti cuando por fin se apaga la luz y el silencio te encuentra de nuevo.


Bibliografía

Camus, A. (1942). El mito de Sísifo. Alianza Editorial.

Heschel, A. J. (2003). The Sabbath. Farrar, Straus and Giroux.

Maté, G. (2003). When the body says no: The cost of hidden stress. Wiley.


El estruendo de los vidrios rotos: ¿Desastre o galería de arte?

Empiezo con una duda que me asalta seguido: ¿Quién no ha sentido que su existencia es un absoluto descajete de piezas que no encajan ni a golpes? Ella se lo soltó así, con una mezcla de vergüenza y alivio, desnudando ese desorden que no la dejaba dormir: «Te presento mi vida, es un caos». Pero él, que sospecho ve el mundo con unos lentes bastante más generosos, le dio la vuelta a la tortilla con una frase que desarma: «¡Para mí es arte!».

La percepción es un bicho raro, de verdad. Lo que ella sentía como un nudo de cables enredados —un cortocircuito existencial—, él lo leía como una composición expresionista vibrante. Me viene a la mente Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra (1883), cuando decía aquello de que «uno debe tener caos dentro de sí para dar a luz a una estrella danzarina». Sin ese desmadre interno, la luz simplemente no tiene por dónde filtrarse; es la fricción lo que genera el brillo, ¿no creen?

A veces nos empeñamos en planchar la vida para que no tenga ni una sola arruga. Grave error. En ese proceso de «limpieza» obsesiva, a menudo le quitamos el alma a lo que somos. La belleza no suele vivir en lo simétrico —que, entre nos, es un aburrimiento absoluto— sino en lo que late, aunque esté a punto de desbordarse. Como sugiere Umberto Eco en su Historia de la belleza (2004), la estética siempre ha sido caprichosa y ha encontrado valor en lo que otros llaman despojo o fealdad.

Cuando alguien se asoma a tu desorden y no sale corriendo, algo cambia para siempre. No necesitamos a un arquitecto que nos enderece las paredes, sino a un espectador que aprecie el relieve de nuestro naufragio. Quizá el orden sea solo una forma refinada de miedo a lo imprevisto. Al final, si la vida fuera una línea recta, nos quedaríamos dormidos antes de llegar a la meta.

En fin, que la vida no es un manual de instrucciones de IKEA. Es un lienzo de Pollock. Cada mancha, cada duda y cada cable suelto son, en realidad, las pinceladas de una obra que aún no terminamos de entender, pero que ya es hermosa por el simple hecho de ser auténtica.


Bibliografía

  • Eco, U. (2004). Historia de la belleza. Lumen.
  • Nietzsche, F. (1883). Así habló Zaratustra. Alianza Editorial.

La bendita grieta: cuando el naufragio es, por fin, tierra firme

Sinceramente, hay días en los que uno siente que el suelo se desvanece y, ¿saben qué?, quizá sea lo mejor. Vivimos huyendo del caos como si fuera la peste, pero esa inercia de «estar bien» es una trampa mortal. El piloto automático nos oxida. A veces, hace falta que el Jenga de nuestra vida se desmorone para ver qué piezas eran de madera sólida y cuáles puro cartón pintado. El golpe avisa. Despierta.

Primero, la crisis funciona como un filtro de honestidad brutal. Cuando todo se rompe —y vaya si duele—, las máscaras sociales se caen solitas. Ya no hay energía para fingir. Es ese «reinicio forzado» que, aunque nos fastidie, limpia el sistema de procesos inútiles. Como bien anotó Emil Cioran en Del inconveniente de haber nacido, «una catástrofe que se hace esperar es una catástrofe que nos devora» (1973). Mejor que el incendio ocurra hoy y no que nos consuma lentito por dentro durante décadas.

Por otro lado, la escasez es la madre de la inventiva, o al menos eso dicen en mi barrio. En la abundancia somos tontos y repetitivos. Pero en el vacío… ah, ahí es donde el ingenio se pone las botas. Viktor Frankl, que de abismos sabía bastante, explicaba en El hombre en busca de sentido (2015) que el sufrimiento deja de ser tal en el momento en que encuentra un sentido. La crisis no es el fin del camino, sino un cambio de rasante que te obliga a mirar el mapa de otra forma, mucho más creativa y, curiosamente, más humana.

Finalmente, está el asunto de la reconstrucción. No se trata de volver a ser los de antes —menudo aburrimiento sería eso—, sino de aceptar que las cicatrices son parte del nuevo diseño. A veces, las piezas viejas ya no encajan en el presente y eso, aunque de miedo, está perfecto. Es una evolución a base de martillazos, un poco bruta, sí, pero genuina.

Al final del día, si no fuera por esos naufragios emocionales o económicos, seguiríamos flotando en una mediocridad cómoda pero estéril. Quizás la salvación no sea un puerto seguro, sino el valor de aprender a nadar cuando el barco ya se hundió. ¿No les parece?


Bibliografía

  • Cioran, E. M. (1973). Del inconveniente de haber nacido. Taurus.
  • Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.

EL ECLIPSE DEL ALMA: CUANDO EL SOL DECIDE HUNDIRSE

«En una noche oscura, con ansias en amores inflamada…» (San Juan de la Cruz, Noche oscura del alma). A veces, la verdad es que el sol no se pone; se hunde como un ancla en el pecho. No es tristeza de domingo. Es un peso. Uno de esos que te deja la mirada fija en una pelusa de la alfombra mientras el mundo afuera sigue girando, ruidoso e indiferente. ¿Cómo se vuelve de ese exilio?

En su obra El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl nos lanza un salvavidas que no es de plástico, sino de pura voluntad. Él decía que hasta en el rincón más mugriento de un campo de concentración, el hombre puede decidir qué actitud tomar. La depresión, ese «sol hundido», suele robarnos el logos, el sentido. Pero el sentido no se inventa, che, se descubre. Está ahí, agazapado entre los escombros de una rutina que se siente vacía, esperando que uno deje de mirar el abismo para buscar un resquicio de luz.

Mira, si viste Melancholia de Lars von Trier, entiendes de qué hablo. Esa imagen final, con el planeta gigante acercándose mientras Justine espera sentada, es la metáfora perfecta del colapso. Para quien vive en la sombra, la catástrofe no es algo que «podría» pasar; es algo que ya está ocurriendo. Es una inercia visual donde el futuro se cancela. Pero, a diferencia de la peli, en la clínica de la existencia intentamos que el impacto no sea el fin, sino un punto de apoyo para el despegue.

Si esta sensación tuviera banda sonora, sería la versión de «Hurt» de Johnny Cash. Esa voz rota que dice: «I focus on the pain, the only thing that’s real». Es visceral. Te eriza la piel porque suena a verdad desnuda. La música ahí no busca consolarte con violines dulces, sino validarte el desgarro. A veces, para salir del pozo, primero hay que aceptar que las paredes están frías y que el eco de nuestra propia soledad es parte del paisaje.

Hay una pintura de Goya, el Perro semihundido, que me obsesiona. Se ve solo la cabecita de un perro asomando tras una masa ocre, mirando hacia arriba. No sabemos si se está ahogando o si está intentando trepar. Esa es la ambivalencia de la depresión. Es un estado liminal. El arte nos dice que, incluso cuando estamos sumergidos hasta el cuello en la nada, la mirada sigue buscando un punto de referencia en el cielo. Es un instinto de supervivencia que la lógica a veces no alcanza a explicar.

Creo, muy personalmente, que nadie sale del pozo solo con manuales. La activación conductual es el primer paso: mover un dedo, luego una mano. Mi objetivo semanal es «Caminar con el paciente por el valle de sombras: Una mirada clínica», lo que significa no apurar el amanecer, sino aprender a encender una linterna mientras todavía es de noche. No busques grandes épicas; buscá ese pequeño acto —un café, una llamada, un paseo— que le devuelva un gramo de peso a tu existencia.


Referencias Bibliográficas

  • Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.
  • Goya, F. (1819-1823). Perro semihundido [Pintura]. Museo del Prado, Madrid.
  • San Juan de la Cruz. (2010). Poesía completa. Alianza Editorial.
  • Von Trier, L. (Director). (2011). Melancholia [Película]. Zentropa.

La biblioteca que no supo abrazar: Cuando la paz llegó sin cita previa

A veces, la teoría es un paraguas de papel bajo un diluvio misionero. Uno se pasa la vida acumulando títulos, papers y esa suficiencia académica que te hace creer que tienes las respuestas para el dolor ajeno, pero cuando el frío te toca a ti… , ahí la cosa cambia. Me pasó. Me encontré frente al espejo con un doctorado en curso y el alma en llantas, dándome cuenta de que mis libros no sabían cómo consolarme. ¿De qué sirve saber diseccionar la neurobiología de la angustia si no puedes frenar el temblor en tus propias manos? Fue un choque de frente, sin cinturón de seguridad.

El muro de cristal de la intelectualización

Mi primera gran epifanía fue dolorosa: el conocimiento es un mapa, pero no es el territorio. Me refugié en la clínica, en el rigor del diagnóstico diferencial —queriendo etiquetar mi propia tristeza como si fuera un caso de estudio más—, buscando en la bibliografía una salida de emergencia que no existía. Como bien decía Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido: «Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino» (1946). Yo intentaba elegir el camino de la lógica, pero la lógica es una herramienta muy pobre para reconstruir un corazón quebrado. Me sentía un fraude, o quizás, simplemente un humano descubriendo su propia fragilidad.

El silencio que precede al encuentro

La paz no me llegó en una conferencia, ni en un simposio de psicología cognitiva. Me encontró en el silencio más absoluto, ese que te obliga a escuchar lo que has estado tapando con ruido profesional. Fue un giro hacia adentro, casi místico, si se quiere. Recordé aquella frase de San Agustín en sus Confesiones: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (400). Y miren que yo soy de los que buscan la evidencia empírica para todo, pero hay una dimensión de la paz que escapa al laboratorio. No fue una resolución mágica del conflicto, sino más bien una aceptación radical de mi propia limitación. Fue soltar el control. Qué difícil es soltar el control cuando te han entrenado para tenerlo siempre.

Integrar la herida en el «laburo» diario

Ahora, cuando me siento frente a alguien en el consultorio, ya no lo hago solo desde el pedestal del saber. Lo hago desde la grieta. La paz que encontré no es la ausencia de problemas —sigo teniendo mil quilombos, como cualquiera—, sino una especie de ancla emocional que me permite no naufragar en mi propia ansiedad. Creo, o al menos quiero creer, que esa vulnerabilidad me hace mejor profesional. Ya no busco solo «curar», busco acompañar en el misterio. Quizás, después de todo, el mayor aprendizaje de mi carrera no fue un concepto técnico, sino el entender que la paz es un regalo que solo llega cuando dejamos de intentar explicarla para empezar a vivirla.

En fin, supongo que la verdadera sabiduría no consiste en saberlo todo, sino en saber qué hacer cuando no sabes nada. Es un proceso lento, a veces frustrante y con muchas recaídas, pero es lo que nos mantiene cuerdos en un mundo que nos exige ser máquinas de eficiencia.


Bibliografía

  • Agustín de Hipona, San. (2010). Confesiones (Trad. P. de Labriolle). Editorial Gredos. (Original publicado c. 400).
  • Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Editorial Herder. (Original publicado en 1946).

La Esperanza: Esa terquedad que nos sostiene cuando el calendario pesa.


Ya pasó el ruido. Las copas quedaron con ese cerco pegajoso de sidra en la mesa y el confeti parece ahora basura de ayer. Empezamos otro año y, la verdad, me da un poco de risa —y algo de ternura— esa obsesión casi religiosa por creer que el 1 de enero opera como un botón de «reset» universal. Pero no, la vida no es un videojuego. Los problemas de diciembre se mudaron de mes sin pagar flete. Sin embargo, aquí estamos otra vez, buscando algo a qué aferrarnos. Y ahí es donde aparece la esperanza, pero no esa de postal barata, sino la de verdad.

A ver, seamos honestos: la esperanza suele tener mala prensa. Se la confunde con ese optimismo bobo, casi tóxico, de «todo va a salir bien» porque sí. Pero la esperanza real es mucho más ruda. Es, como diría Josef Pieper en su análisis sobre las virtudes, una suerte de «estatuto del caminante» (status viatoris). Es la virtud de quien sabe que todavía no llega, que está en camino y que, posiblemente, el camino esté lleno de baches y barro. No es esperar que no llueva; es saber que, aunque nos empapemos, llegar a algún lado tiene un sentido profundo. Como escribió Pieper (1944) en Sobre la esperanza, esta virtud es lo que nos salva de la desesperación y de la presunción, esos dos precipicios que nos acechan cuando las cosas se ponen color hormiga.

Pero, ¿cómo se mastica esto en el día a día? Yo creo que la clave está en entender que la esperanza es un músculo, no un deseo. Es la capacidad de mirar las dificultades que vienen —que vendrán, no nos engañemos— y no dejar que nos quiten la capacidad de decidir. Me hace pensar mucho en Viktor Frankl. Él estaba en un campo de concentración, o sea, el escenario menos «esperanzador» de la historia humana, y aun así decía que al hombre se le puede arrebatar todo menos la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante las circunstancias (Frankl, 1946). Esa es la esperanza cardinal: saber que, aunque el entorno sea un caos, mi respuesta sigue siendo mía.

Y acá viene lo más difícil, lo que a veces me quita el sueño. ¿Qué pasa cuando la esperanza se siente como un peso extra? A veces estamos cansados de ser fuertes, ¿no? Pero la paradoja es que la esperanza no es para los fuertes, es justamente para los que flaquean. Es esa pequeña luz que no ilumina todo el cuarto, pero sí el siguiente paso para no tropezar con la silla. No necesitamos planes a diez años ni visiones grandiosas; a veces solo hace falta la terquedad de creer que el esfuerzo de hoy no es en vano. Quizás, después de todo, el año no tiene que ser «nuevo» para que nosotros intentemos algo distinto.

Al final, este ciclo que arranca no nos promete nada. El calendario es solo papel o píxeles. Las dificultades van a llegar, puntuales como siempre. Pero la esperanza es nuestra ventaja competitiva, nuestra pequeña trampa al destino. No es una solución mágica, sino una brújula que, aunque tiemble, siempre señala hacia la vida. Así que, entre el miedo y el asombro, yo me quedo con esa «virtud del camino». Porque, como dicen por ahí, mientras haya camino, habrá que caminarlo, aunque nos duelan un poco los pies.


Bibliografía
Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido (12ª ed.). Herder Editorial. (Original publicado en 1946).
Pieper, J. (2003). Sobre la esperanza. Rialp. (Original publicado en 1944).