Vivir del revés: Cuando la Vida te da vuelta como un calcetín

A veces uno cree que tiene el control, ¿no? Que el café de la mañana, la agenda de Google y esa falsa sensación de seguridad nos protegen de lo inevitable. Pero qué va. Como bien soltó Alejandra Pizarnik en su Árbol de Diana: “Esperar que el mundo se detenga para bajarse es una ilusión de los que no han sentido el vértigo de ser dados vuelta”. Y tiene razón la condenada. El vértigo no es caer, es darte cuenta de que lo que creías que era tu «derecho» —tu cara visible, tu orgullo, tus planes de jubilación— es ahora el «revés», esa parte costrosa, llena de hilos sueltos y pelusas que nadie debería ver. Es un shock, un golpe seco en el estómago que te deja sin aire y con la mirada perdida en un punto fijo de la pared.

Ese sentimiento de desprotección absoluta me recuerda horrores a lo que planteaba Milan Kundera en La insoportable levedad del ser. ¿Se acuerdan de Tomás? El tipo pensaba que su vida era una línea recta de conquistas y cirugías, hasta que el peso de las decisiones ajenas y el azar lo dejaron, literalmente, expuesto. Kundera decía que «la vida es un boceto para nada, un borrador de un cuadro que nunca se pintará». Y cuando la vida te da vuelta como una media, ese borrador se mancha de tinta negra. Ya no eres el médico, el padre o el tipo exitoso; eres solo el algodón estirado intentando entender por qué el mundo se puso patas arriba de un martes para un miércoles. Es esa «levedad» que, irónicamente, pesa como un piano cayendo desde un décimo piso.

Si visualizo este caos, no puedo evitar pensar en la película Everything everywhere all at once. Hay una escena —bueno, toda la película es un viaje de ácido— donde Evelyn se ve fragmentada en mil versiones de sí misma. En una es una roca, en otra tiene salchichas por dedos. Es el caos total. Pero lo que me vuela la cabeza es esa sensación de que, para encontrarse, primero hay que ser absolutamente destruido por las circunstancias. Evelyn es, en esencia, esa media de la que hablábamos. La vida la sacudió tanto que sus costuras se rompieron y terminó mirando el multiverso desde el lado de adentro, desde el lado donde las costuras pican. Es una analogía perfecta de nuestra fragilidad: somos un sistema complejo que se desmorona con un soplido del destino.

Y mientras todo esto pasa, de fondo suena algo que te termina de quebrar. Para mí, es «La Ciudad de la Furia» de Soda Stereo. Hay una frase de Cerati que siempre me persigue: «Me verás caer como una flecha salvaje». Esa caída no es lineal, es una espiral. La atmósfera de la canción, con ese ritmo denso, casi pegajoso, captura ese momento exacto en que te das cuenta de que la ciudad, el sistema y tu propia mente te han masticado y escupido. Es una música de sombras. Te sientes caminando por una Buenos Aires —o cualquier metrópolis gris— siendo consciente de que ya no encajas en el molde. Eres el hilo suelto que la gente evita mirar para no recordar que a ellos también les puede pasar.

Para ponerle una imagen a este sentimiento, miren «Relatividad» de M.C. Escher. Esos tipos subiendo y bajando escaleras que no van a ningún lado, donde la gravedad es una sugerencia y no una ley. Así se siente uno cuando «la vida te da vuelta». No sabes si estás subiendo al éxito o bajando al fracaso porque los puntos de referencia se esfumaron. Es una arquitectura de la confusión. La obra de Escher es el símbolo de nuestra psique cuando el trauma o el cambio radical nos golpea: una estructura que parece lógica de cerca, pero que es un imposible absoluto cuando intentas vivir en ella.

En fin, supongo que la clave no es intentar volver a la forma original (porque una media estirada nunca vuelve a ser igual), sino aprender a caminar con las costuras hacia afuera. No queda otra, ¿verdad? Aceptar la vulnerabilidad como una nueva piel, aunque sea fea y esté llena de nudos. Por eso, me he propuesto algo para estos días. Es un ejercicio de honestidad bruta. Mi objetivo semanal será: «Abrazar la confusión de mi estado actual y dejar de fingir que las costuras no están ahí, aceptando que estar del revés es, quizás, la forma más honesta de existir hoy». Al final del día, todos somos hilos buscando un poco de calor en medio del lavarropas del universo.


Referencias Bibliográficas

  • Cerati, G. (1988). La ciudad de la furia [Canción]. En Doble Vida. CBS.
  • Escher, M. C. (1953). Relatividad [Litografía].
  • Kundera, M. (1984). La insoportable levedad del ser. Tusquets Editores.
  • Kwan, D., & Scheinert, D. (Directores). (2022). Everything Everywhere All At Once [Película]. A24.
  • Pizarnik, A. (1962). Árbol de Diana. Editorial Sur.

La ilusión del eco o cómo saber cuando una relación es real…

«Toda vida verdadera es encuentro», escribió Martin Buber, y en esa premisa reside la arquitectura de lo real. Vivimos rodeados de ecos: interfaces humanas que operan bajo un protocolo de respuesta automática, devolviendo el estímulo para cerrar el ciclo de una transacción emocional. Sin embargo, cuando alguien simplemente te contesta, solo está gestionando el ruido. No hay una apertura de su estructura interna hacia la tuya, sino una mera ejecución de funciones sociales de bajo coste. La relación real no se mide por la frecuencia de la comunicación, sino por la capacidad de habitar el silencio sin que la conexión se desmorone por falta de soporte.

La diferencia entre la reacción y la acción es una cuestión de voluntad consciente. En la observación clínica es evidente cómo el aislamiento se disfraza de hiperconectividad; las personas intercambian datos, no verdades. Una relación sólida se construye sobre la fricción de dos identidades que se reconocen como fines en sí mismos, no como herramientas para aliviar la soledad. Si el otro solo reacciona a tu impulso, estás frente a un sistema cerrado, un espejo que te devuelve tu propia imagen distorsionada. El vínculo auténtico exige una interrupción de la propia inercia para atender la alteridad del otro, transformando el monólogo compartido en una construcción conjunta de sentido.

He aprendido que la verdad de un vínculo se revela cuando dejas de proponer el tema. Si al retirar tu energía el espacio queda vacío, nunca hubo un puente, sino un andamio que sostenías tú solo con un esfuerzo unilateral. No busques palabras elegantes; busca la honestidad del material bruto. Una relación es real cuando el otro se atreve a interpelarte, a sacarte de tu centro y a ofrecerte una respuesta que no habías solicitado pero que necesitabas integrar. Prefiero un silencio denso y habitado a mil respuestas rápidas que no dicen nada. Te pregunto: ¿estás conversando con alguien o solo estás gestionando un inventario de ausencias compartidas?


Buber, M. (1923). Yo y Tú. Editorial Galaxia Gutenberg.

Cronos en el bolsillo: Breve manual para no perderse

A veces me da por pensar que el tiempo no es una flecha, sino un círculo bastante mal dibujado. Nos empeñamos en clasificarlo, en meterlo en cajitas de «ayer» y «mañana», pero la realidad es que lo llevamos todo encima, como una mochila que a veces pesa de más. La verdad, no sé si les pasa, pero a mí el reloj a veces me asfixia un poco.

La historia de cada uno, esa etapa pasada —y qué palabra tan curiosa, parece que hablamos de comida— no debería ser un ancla. Es más bien un libro de texto subrayado. Como bien decía Séneca en sus cartas, la vida es larga si sabes cómo usarla. Si no sacamos una lección de aquel tropiezo de hace años, pues, qué desperdicio de energía, ¿no creen? Aprender de ello es la única forma de que el dolor no haya sido en vano.

Luego está el hoy, este segundo exacto que ya se te fue mientras pestañeabas. Vivir en el presente suena a frase de taza de café barata, lo sé, pero es la única verdad física que tenemos. A ratos me pierdo pensando en lo que cenaré o en ese correo que no mandé, pero trato de volver. Habitar el instante es, honestamente, un acto de rebeldía contra el ruido externo. Es estar, simplemente.

Y claro, el futuro. Ese horizonte que siempre parece alejarse dos pasos cuando damos uno. No se trata de sentarse a esperar que las cosas caigan del cielo, porque, seamos realistas, eso no pasa nunca. Hay que sudar el porvenir. Viktor Frankl (1946) lo dejó claro en su obra: necesitamos un sentido, un «para qué» que nos empuje a trabajar por lo que viene. Es puro diseño existencial, nada de azar.

En fin, supongo que la clave es ese equilibrio precario entre lo que fuimos y lo que queremos ser. Quizás el truco sea, simplemente, no dejar que el reloj nos gane la partida antes de tiempo. O al menos, intentarlo con algo de dignidad.


Bibliografía

  • Frankl, V. E. (1946). El hombre en busca de sentido. Herder.
  • Séneca, L. A. (2013). Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad. Penguin Clásicos.

La gestión de la Incertidumbre en el estoicismo según Séneca

«No son las cosas las que atormentan a los hombres, sino las opiniones que tienen de ellas», afirmaba Epicteto. En la intemperie de la incertidumbre, donde los sistemas externos colapsan y la previsibilidad se desvanece, tu angustia no nace del caos ambiental, sino de la pretensión de gobernar lo ingobernable. La volatilidad es la condición natural del mundo; intentar someterla mediante el control externo es un error de diseño que fractura tu arquitectura interna. La paz no es la ausencia de turbulencia, sino la integridad estructural de quien sabe distinguir entre su jurisdicción interna y el ruido de la periferia.

La estabilidad se construye desde la renuncia a la omnipotencia. Cuando dejas de invertir recursos cognitivos en variables aleatorias —mercados, voluntades ajenas o el azar—, liberas una potencia latente para fortalecer tu centro de mando: tu juicio y tu voluntad. Esta economía del pensamiento no es una retirada, sino un despliegue de eficiencia radical. Al operar exclusivamente sobre lo que depende de ti, transformas la reactividad en una respuesta deliberada, sólida como el hierro y clara como el cristal, permitiendo que la función de tu ser se mantenga imperturbable ante cualquier cambio de forma en el entorno.

Entiendo que soltar el timón de lo externo genera un vértigo inicial, pero es el único camino hacia una autoridad real. He aprendido que la verdadera madurez intelectual consiste en aceptar la propia finitud para ganar una soberanía absoluta sobre la propia psique. Te invito a observar el desorden que hoy te preocupa, despojarlo de su carga adjetiva y decidir, con honestidad brutal, si ese peso te pertenece o si es un residuo que debes dejar caer para caminar con ligereza.

Epicteto. (2015). Enquiridión. Editorial Gredos. (Obra original publicada c. 125 d.C.).


La arquitectura del porqué

En la penumbra de la consulta clínica, descubro que el dolor más paralizante no es el que nace de una herida, sino el que brota de la ausencia de un propósito claro. Søren Kierkegaard afirmaba que «la desesperación es la enfermedad mortal», esa asfixia del alma ante su propia finitud. Te veo ahí, cumpliendo exigencias con precisión técnica mientras el vacío devora tus esfuerzos. Entiendo que la depresión no es solo un desajuste en la química cerebral, sino un grito del espíritu buscando un asidero sólido. La verdadera tragedia humana no es sufrir, sino sufrir por nada; habitar un cuerpo que funciona en lo externo mientras el motor interno ha perdido su norte.

Para reconstruir esta arquitectura, la ciencia ofrece herramientas para reorganizar pensamientos, pero el rigor técnico es estéril sin un horizonte que lo justifique. Los antiguos constructores de catedrales sabían que cada piedra pesada cobraba valor solo en relación con la cúpula que apuntaba a lo alto. En mi labor diaria, observo que la recuperación es sólida cuando dejamos de ver los síntomas como simples fallos de sistema y los tratamos como señales de una transformación necesaria. Al unir la evidencia psicológica con la búsqueda de lo trascendente, convertimos la inercia del malestar en un movimiento consciente hacia lo que verdaderamente valoras. No buscamos solo el fin del dolor, sino una existencia capaz de sostenerlo con dignidad.

Frente a ti, no busco descifrar un diagnóstico, sino reconocer la nobleza que habita en tus ruinas. Mi vocación es acompañarte a redescubrir que el sentido no se inventa por decreto, sino que se revela cuando respondemos con honestidad a lo que la vida nos plantea. Creo profundamente que incluso en el abismo existe una presencia que nos impulsa a empezar de nuevo. Te invito a dejar de preguntar por qué te sucede esto y a discernir para qué vas a utilizar este peso. En ese giro, en ese pequeño acto de voluntad hacia una verdad superior, es donde nace la verdadera medicina para el alma.


Referencias

Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido (12ª ed.). Herder.

Kierkegaard, S. (2008). La enfermedad mortal (Trad. D. G. Rivero). Trotta. (Original publicado en 1849).

Vos, J., Craig, M., & Cooper, M. (2015). Existential therapies: A meta-analysis of their effects on psychological outcomes. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 83(1), 115–128. https://doi.org/10.1037/a0037167

EL ARTE DE NAVEGAR EN LA NIEBLA: CUANDO EL CONTROL ES UN ESPEJISMO (Consejos a quienes toman decisiones)

Te detienes un segundo, miras tu agenda saturada y sientes que, a pesar de tus éxitos, el suelo bajo tus pies parece arena movediza. Te han enseñado que el liderazgo es sinónimo de previsión absoluta, pero tu realidad de alto impacto te recuerda que habitas un mundo volátil donde la incertidumbre es la única constante. Como bien observaba Kierkegaard, esa angustia que experimentas no es más que el «vértigo de la libertad», la consciencia profunda de que eres el autor de tu propia biografía en medio de un océano de posibilidades. No permitas que la urgencia de los resultados te robe la calma; recuerda que, según la sabiduría de Marco Aurelio, la verdadera serenidad no es la ausencia de tormenta, sino el fortalecimiento de tu «ciudadela interior» frente al caos externo.

Gestionar lo impredecible requiere que dejes de ver el futuro como una amenaza y empieces a entenderlo como el espacio sagrado donde se forja tu carácter. En la psicología de alta complejidad, aplicamos la dicotomía del control: a menudo te desgastas intentando gobernar eventos externos, mientras descuidas el único territorio soberano que realmente posees, que es tu propia interpretación de los hechos. Si logras habitar ese espacio de libertad entre el estímulo y tu respuesta, como proponía Viktor Frankl, transformarás el estrés reactivo en una respuesta cargada de sentido y propósito. No se trata de alcanzar la omnipotencia, sino de recuperar la humildad de reconocer que no somos dioses, permitiendo que el descanso sea un acto de sabiduría y no un lujo postergado.

Al final del día, tu capacidad para liderar de manera auténtica depende de cuánto te atreves a confiar en lo invisible. La tradición cristiana nos invita a no afanarnos por el mañana, entendiendo que la paz es una decisión basada en la confianza y no en la seguridad de las estadísticas. Quizás la verdadera maestría profesional consista en aceptar tu fragilidad original para que el «centinela de tu mente» deje de vigilar peligros imaginarios y empiece a custodiar tu presencia real en el aquí y ahora. ¿Y si la incertidumbre fuera, en realidad, la invitación necesaria para dejar de producir y empezar, simplemente, a ser? Respira, suelta el timón por un instante y confía en que el sentido de tu labor trasciende cualquier diagnóstico de mercado.

La arquitectura del desahogo sagrado: cuando nos sentimos vacíos…

A menudo, el peso de lo no dicho se convierte en una armadura que termina por asfixiarnos. Como bien señaló la filósofa Simone Weil, «la atención es la forma más rara y pura de la generosidad»; y sin embargo, en medio de la ansiedad, lo que más nos falta es precisamente alguien que sostenga nuestra mirada sin intentar corregir nuestro dolor. La angustia no es solo un exceso de futuro, sino también un déficit de escucha profunda. En ese vacío, la invitación a presentarnos ante lo Divino no surge como una obligación moral, sino como una necesidad existencial: la de ser validados en nuestra vulnerabilidad más cruda, sin filtros ni pretensiones de fortaleza.

Desde la perspectiva clínica, sabemos que el acto de narrar el malestar —lo que llamamos externalización— reduce significativamente la carga emocional y permite al sistema nervioso salir del estado de alerta constante. Al llevar nuestras preocupaciones ante Dios, practicamos una forma de regulación emocional donde el «Otro» es un testigo incondicional. No necesitamos pulir el lenguaje; la honestidad brutal frente a la Trascendencia actúa como un bálsamo que reordena el caos psíquico. Como observó Viktor Frankl, la búsqueda de sentido requiere un diálogo, y qué diálogo más integrador que aquel donde el interlocutor ya conoce nuestra sombra y, aun así, nos recibe con una apertura que no conoce el escándalo.

He descubierto, tanto en mi consulta como en mi propia quietud, que la paz no llega cuando desaparecen los problemas, sino cuando nos sentimos profundamente comprendidos. Me conmueve saber que puedo acudir a ese espacio sagrado con mis fragmentos rotos, sabiendo que nada de lo que diga podrá alejarme de Su cuidado. La oración, entonces, deja de ser una petición mágica para convertirse en un suspiro de confianza: el reconocimiento de que mi historia está contenida en una Verdad más amplia que mi propia crisis. Hoy te animo a dejar de rumiar en soledad; habla, desahógate y descansa en la certeza de que tu carga, al ser compartida con el Eterno, comienza finalmente a transformarse.


Referencias

Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.

Weil, S. (1994). La gravedad y la gracia. Editorial Trotta.

La alquimia del amanecer: El arte de RE-SOL-VER

«En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible» Albert Camus

«En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible», escribió Albert Camus en su obra El verano. Estas palabras resuenan con una fuerza telúrica cuando la depresión tiñe el mundo de un gris persistente, convirtiendo la existencia en una neblina donde los contornos de la alegría se desdibujan. A menudo entendemos «resolver» como la acción técnica de solucionar un problema o desenredar un nudo lógico; sin embargo, me permito habitar la etimología poética que este término nos sugiere: RE-SOL-VER, el acto sagrado de volver a ver el sol. En la profundidad del abatimiento, la esperanza no es un optimismo ingenuo, sino la convicción de que la luz sigue existiendo aunque mis ojos, fatigados por la sombra, hayan olvidado su calidez. Esta reflexión nace de la necesidad de entender que sanar no es borrar el dolor, sino recuperar la capacidad de percibir el resplandor que siempre habita detrás de las nubes del alma.

Caminar por el túnel de la melancolía me ha enseñado que la oscuridad tiene su propio lenguaje, uno que San Juan de la Cruz describió magistralmente en La noche oscura como un tránsito necesario para el encuentro con lo divino. Para el místico, el vacío no es una ausencia absoluta, sino una purificación que prepara la mirada para una visión más alta. De igual modo, Viktor Frankl, en su obra El hombre en busca de sentido, nos recuerda que incluso en las condiciones más desoladoras, el ser humano conserva la libertad de elegir su actitud; esa elección es el primer destello de nuestro «sol» interno. Desde la espiritualidad cristiana, la figura de Cristo como «Luz del mundo» no propone una eliminación mágica de las sombras, sino una promesa de compañía a través de ellas. RE-SOL-VER implica, entonces, un ejercicio de memoria espiritual: recordar que el sol no se ha apagado, sino que nosotros hemos bajado los párpados por el peso del cansancio. Es un proceso donde la razón acepta que el ciclo de la vida incluye el ocaso, pero la fe garantiza la certeza del alba.

Finalmente, comprendo que volver a ver el sol es un acto de resistencia y de entrega simultánea. No se trata de forzar la claridad, sino de disponer el corazón para recibirla cuando el tiempo del duelo haya cumplido su propósito transformador. Para mí, la esperanza es ese hilo invisible que conecta mi presente sombrío con la promesa de un nuevo amanecer; es la «pequeña niña esperanza» de la que hablaba Charles Péguy, que camina entre sus hermanas mayores, la fe y la caridad, guiándolas en silencio. Resolver mis conflictos internos ha dejado de ser una tarea de ingeniería emocional para convertirse en una contemplación paciente. Al final del camino, descubro que el sol que vuelvo a ver no es el mismo que dejé de mirar: es una luz tamizada por la experiencia, más suave y compasiva, que me susurra que incluso después de la noche más larga, la vida siempre reclama su derecho a brillar.


Referencias Bibliográficas

  • Camus, A. (1954). El verano. Alianza Editorial.
  • Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.
  • Juan de la Cruz, S. (2010). La noche oscura. Editorial San Pablo.
  • Péguy, C. (2009). El pórtico del misterio de la segunda virtud. Encuentro.

LA DICTADURA DEL MAÑANA Y EL CAFÉ QUE SE ENFRIÓ

Estás ahí. Otra vez. Mirando la pantalla mientras el café —ese que se suponía era tu «combustible»— ya tiene esa película opaca y triste de lo que se dejó para después. Frío. Como tu entusiasmo a las once de la mañana. Me pasa, ¿viste? Nos pasa a los que compramos el mito de la productividad infinita. Es esa sensación de ser una cuerda de guitarra tensada por un maníaco que no sabe cuándo dejar de girar la clavija. «La cuerda se rompe», decimos. Pero antes de quebrarse, desafina. Y duele.

La biología no negocia. El eje HHA no entiende de plazos de entrega ni de algoritmos. Él solo huele amenaza. Gabor Maté lo clava cuando dice que «si no puedes decir no, tu cuerpo lo dirá por ti» (Maté, 2003). Es una verdad incómoda: tu migraña es un «basta» que no te animaste a verbalizar. El cortisol fluye, no para huir de un depredador, sino porque un mensaje te vibró en el muslo. Es un gasto metabólico absurdo que nos está vaciando por dentro.

Cargamos la piedra de Sísifo con un orgullo que roza lo patológico. «Puedo con todo», te repetís mientras te salta un párpado. Camus (1942) decía que el esfuerzo hacia la cumbre basta para llenar un corazón, pero, seamos honestos, a veces solo nos deja la espalda molida. La omnipotencia es una trampa de la modernidad. Creer que somos funciones y no seres es el primer paso hacia el colapso. No sos una máquina; sos, con suerte, una criatura tratando de entender su propio cansancio.

Falta silencio. Pero no ese silencio de biblioteca, sino el de Heschel (2003): el «palacio en el tiempo». El Shabat, o como quieras llamarlo, es un límite sagrado. Es dejar de ser un «recurso» para volver a ser presencia. Poner un freno no es un acto de vagancia, es una huelga existencial necesaria. Si no construís ese santuario cronológico, el mundo te va a devorar a dentelladas de «pendientes».

Quizás, solo quizás, la salud mental sea recuperar el derecho a la lentitud. Si hoy la piedra pesa demasiado, soltala un rato. El universo no se va a detener porque te permitas diez minutos de absoluta inutilidad. Al final del día, lo que importa no es cuánto produjiste, sino si todavía te queda algo de ti cuando por fin se apaga la luz y el silencio te encuentra de nuevo.


Bibliografía

Camus, A. (1942). El mito de Sísifo. Alianza Editorial.

Heschel, A. J. (2003). The Sabbath. Farrar, Straus and Giroux.

Maté, G. (2003). When the body says no: The cost of hidden stress. Wiley.


El estruendo de los vidrios rotos: ¿Desastre o galería de arte?

Empiezo con una duda que me asalta seguido: ¿Quién no ha sentido que su existencia es un absoluto descajete de piezas que no encajan ni a golpes? Ella se lo soltó así, con una mezcla de vergüenza y alivio, desnudando ese desorden que no la dejaba dormir: «Te presento mi vida, es un caos». Pero él, que sospecho ve el mundo con unos lentes bastante más generosos, le dio la vuelta a la tortilla con una frase que desarma: «¡Para mí es arte!».

La percepción es un bicho raro, de verdad. Lo que ella sentía como un nudo de cables enredados —un cortocircuito existencial—, él lo leía como una composición expresionista vibrante. Me viene a la mente Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra (1883), cuando decía aquello de que «uno debe tener caos dentro de sí para dar a luz a una estrella danzarina». Sin ese desmadre interno, la luz simplemente no tiene por dónde filtrarse; es la fricción lo que genera el brillo, ¿no creen?

A veces nos empeñamos en planchar la vida para que no tenga ni una sola arruga. Grave error. En ese proceso de «limpieza» obsesiva, a menudo le quitamos el alma a lo que somos. La belleza no suele vivir en lo simétrico —que, entre nos, es un aburrimiento absoluto— sino en lo que late, aunque esté a punto de desbordarse. Como sugiere Umberto Eco en su Historia de la belleza (2004), la estética siempre ha sido caprichosa y ha encontrado valor en lo que otros llaman despojo o fealdad.

Cuando alguien se asoma a tu desorden y no sale corriendo, algo cambia para siempre. No necesitamos a un arquitecto que nos enderece las paredes, sino a un espectador que aprecie el relieve de nuestro naufragio. Quizá el orden sea solo una forma refinada de miedo a lo imprevisto. Al final, si la vida fuera una línea recta, nos quedaríamos dormidos antes de llegar a la meta.

En fin, que la vida no es un manual de instrucciones de IKEA. Es un lienzo de Pollock. Cada mancha, cada duda y cada cable suelto son, en realidad, las pinceladas de una obra que aún no terminamos de entender, pero que ya es hermosa por el simple hecho de ser auténtica.


Bibliografía

  • Eco, U. (2004). Historia de la belleza. Lumen.
  • Nietzsche, F. (1883). Así habló Zaratustra. Alianza Editorial.