Cuando amar también es soltar


“Hay despedidas que no son falta de amor, sino un acto profundo de fidelidad a la verdad.”

Nunca imaginé que amar también podía significar dejar ir. Me enseñaron que el amor todo lo soporta, pero nunca que también se agota. Llegó un momento en el que la ternura se volvió esfuerzo, la comprensión se tornó desgaste y mi esencia empezó a achicarse para poder caber en lo que el otro esperaba de mí. No fue una decisión impetuosa, sino una de esas certezas que crecen lento, como el alba. Me dolía mirarlo y reconocer que aún lo amaba, pero que eso ya no bastaba. Y me dolía más saber que él seguía esperando que yo dejara de ser quien soy para que las cosas funcionaran. En esa encrucijada, tomé la decisión más amarga: separarme no por falta de amor, sino por respeto mutuo, por dignidad compartida.

Comprendí que la aceptación es la savia del verdadero vínculo. Kierkegaard decía que amar es querer al otro tal como es, no como uno desearía que fuera (Kierkegaard, 1847). Y sin embargo, su amor parecía condicionado a mi transformación en alguien más “llevadera”, “menos intensa”, “más moldeable”. No podía, ni quería, traicionarme por encajar. Simone Weil escribió que “la atención auténtica es la forma más rara y pura de generosidad” (Weil, 1951), y yo había vivido años pidiendo atención sin ser vista realmente. En el espejo del vínculo, terminé sintiéndome sola, desdibujada. San Agustín decía que la verdad habita en lo más íntimo del ser (Confesiones, X, 27), y en lo más íntimo supe que quedarme significaba perderme. Por eso, aunque me rompiera el alma, elegí el camino que no quería tomar, pero que debía.

Hoy miro atrás sin rencor, pero también sin nostalgia engañosa. Porque me fui no porque no lo quisiera, sino porque aprendí a quererme también a mí. A veces, amar de verdad significa reconocer que no podemos seguir en el mismo camino si no hay espacio para los dos como realmente somos. La separación no fue una derrota, sino una elección por la vida. Como dijo Rilke, “lo que es duro es vivirlo todo” (Rilke, 1929), y vivir esta separación fue una forma de fidelidad: a la verdad, al amor que ya no podía crecer, y a la esperanza de que, quizás en otro tiempo o en otra forma, aprendamos ambos a amar mejor.

Referencias
Kierkegaard, S. (1847). Obras del amor.
Weil, S. (1951). Attente de Dieu. Paris: Fayard.
Agustín de Hipona. (397). Confesiones.
Rilke, R. M. (1929). Cartas a un joven poeta.

Cuando la verdad quiebra el alma


“Hay heridas que no sangran, pero duelen en cada pensamiento.”

La infidelidad es una fractura invisible que se instala en el alma como un eco persistente. No hace falta gritar ni llorar para sentir su peso: basta el silencio incómodo en la mirada, la sospecha que se vuelve certeza, la confianza rota como un vidrio que ya no encaja. En carne propia comprendí que el estrés que provoca no es solo emocional; se manifiesta en el cuerpo, en el insomnio, en el nudo del estómago, en esa fatiga que no se va. Es una guerra interna entre la necesidad de entender y el deseo de olvidar, entre la humillación que lastima el amor propio y el amor que aún late. El filósofo Søren Kierkegaard hablaba del «tormento de la elección»: quedarse o partir. En esa disyuntiva se retuerce el alma, buscando sentido en lo que parece carecer de él (Kierkegaard, 1843/2012).

He comprendido que la infidelidad no es solo un hecho: es un detonante. Expone las grietas previas, activa miedos antiguos y abre preguntas incómodas sobre uno mismo y la relación. En palabras de C.S. Lewis, “el dolor insiste en ser atendido” (Lewis, 1961). Y duele porque amar implica exponerse, y cuando ese amor es traicionado, no se hiere solo el vínculo, sino también la imagen que uno tenía de sí mismo en esa relación. El estrés se convierte en una niebla mental, una hiperalerta constante, como si todo se tambaleara. San Agustín, en sus Confesiones, afirma que el corazón humano es inquieto hasta que descansa en Dios (Agustín, 397/2000). Encontré paz, no en la explicación del otro, sino en volver a mí, a mi raíz más profunda, a esa dignidad que no puede ser robada ni manchada por el error ajeno.

Hoy ya no busco comprender lo incomprensible. El estrés sigue, a veces, como una sombra, pero he aprendido a no dialogar con él. Lo dejo estar, sin dejar que me habite. No hay receta perfecta, solo un camino interior de reconstrucción. Decidí no definirme por lo que sufrí, sino por cómo respondí. La infidelidad no me quitó el valor: me lo recordó. Me recordó que el amor más fiel comienza por uno mismo, y que sanar no es olvidar, sino elegir cada día no vivir desde la herida.

Referencias
Agustín de Hipona. (2000). Confesiones (L. Arias, Trad.). Biblioteca de Autores Cristianos. (Obra original publicada en 397)
Kierkegaard, S. (2012). La repetición (A. Barrios, Trad.). Ediciones Sígueme. (Obra original publicada en 1843)
Lewis, C. S. (1961). The Problem of Pain. HarperOne.

Cuando la mente se convierte en campo de batalla: reflexiones sobre «Cartas del diablo a su sobrino» y los escrúpulos

“La lucha contra uno mismo puede ser la más ardua de todas”, es una verdad que resuena profundamente tras la lectura de Cartas del diablo a su sobrino, de C. S. Lewis. Este libro, escrito a modo epistolar, revela un diálogo interno entre dos demonios, donde uno intenta tentar al otro para que corrompa almas humanas. Lo que me atrapó de esta obra fue su penetrante mirada sobre la batalla espiritual y psicológica que enfrentamos, un combate que, en mi experiencia, se manifiesta especialmente a través de los escrúpulos, esa forma particular de ansiedad moral que paraliza la paz interior.

Desde la filosofía clásica hasta la espiritualidad cristiana, pensar el alma humana como un campo de guerra no es nuevo. San Agustín, con su intima confesión en Confesiones (1991), describe la tirantez entre el placer terreno y la búsqueda de la verdad divina, un conflicto similar al que presenta Lewis, pero revisitado desde una visión irónica y crítica de lo que estruja la mente racional: los escrúpulos, que el demonio canónico Screwtape en el libro aprovecha para sembrar dudas y desasosiego. Esta ansiedad no es solo un fenómeno espiritual, sino también psicológico, como lo apuntó Viktor Frankl (1984), para quien el sentido y la libertad interior son claves para superar el sufrimiento. He aprendido que los escrúpulos, lejos de mostrar una santidad genuina, pueden ser trampas del ego para evitar la entrega sencilla y confiada a Dios, una idea que resonó enormemente con mi experiencia personal en la oración y la reflexión.

Al cerrar el libro de Lewis, me quedo con la impresión de que la lucha contra los escrúpulos no es una batalla contra los pensamientos mismos, sino contra el modo obsesivo y paralizante en que los recibimos. Los escrúpulos me han enseñado a poner en práctica la misericordia que San Francisco de Sales predicaba: “Dios mira el corazón, no la apariencia externa ni los temores infundados” (Sales, 2003). En mi vida, aceptar que la perfección absoluta está fuera de alcance es un acto liberador que me permite avanzar en paz, nunca en la culpa paralizante. Lewis y los grandes pensadores me invitan a cultivar una valentía espiritual que trasciende el miedo, recordando que el verdadero enemigo no es la duda, sino la desconfianza que ella puede generar en nuestra relación con lo divino y con nosotros mismos.

Referencias

Frankl, V. E. (1984). El hombre en busca de sentido. Herder.
Lewis, C. S. (2015). Cartas del diablo a su sobrino. Ediciones Palabra.
Sales, S. de (2003). Introducción a la vida devota. Ediciones Cistercienses.
San Agustín. (1991). Confesiones. Biblioteca de Autores Cristianos.

Perdonar para volver a ser


“A veces el mayor acto de justicia es dejar de exigirla.”

Durante mucho tiempo llevé en mi pecho una herida que no cerraba. Era pequeña, casi invisible, pero punzante. Me la había provocado alguien cercano, alguien que debía cuidar de mí y no lo hizo. Intenté ignorarla, taparla con ocupaciones o racionalizaciones, pero siempre volvía, como un eco. El rencor parecía una forma legítima de dignidad: si perdonaba, ¿no estaría traicionándome? Sin embargo, descubrí que cargar con esa herida era regalarle al otro el poder de seguir influyéndome, incluso en su ausencia. El perdón, entonces, empezó a presentarse no como una rendición, sino como una posibilidad de libertad.

Perdonar no es olvidar, ni minimizar el daño. Es, como decía Hannah Arendt (2005), introducir en la historia humana una interrupción: “una acción capaz de comenzar algo nuevo”. El perdón rompe la lógica de la repetición, del “ojo por ojo” que, como advertía Gandhi, deja al mundo ciego. En mi camino, las palabras de san Agustín me ofrecieron un faro: “La medida del amor es amar sin medida” (Confesiones, 10, 29). ¿Pero cómo amar a quien nos hirió? No se trata de justificar, sino de comprender que muchas veces el otro también actúa desde su propio dolor. Como enseñó Viktor Frankl (2004), todo puede ser arrebatado, salvo la libertad de elegir nuestra actitud frente a lo que nos sucede. Y yo no quería ser esclavo del resentimiento.

Hoy comprendo que el perdón es un acto de autodignificación. Al perdonar, recupero el timón de mi vida y rompo las cadenas invisibles que me unían al daño. Perdonar no cambia el pasado, pero sana el presente y abre el futuro. Es un acto profundamente humano y profundamente divino: en la cruz, Cristo no reclamó justicia, sino que oró por quienes lo crucificaban. Perdonar, entonces, no es olvidar el daño, sino recordarlo desde otro lugar: desde la decisión de no seguir viviendo desde la herida. Al fin y al cabo, el perdón me permite volver a mí mismo. Y eso es todo lo que necesito para ser feliz y libre.

Referencias
Arendt, H. (2005). La condición humana. Barcelona: Paidós.
Frankl, V. E. (2004). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder.
Agustín de Hipona. (1999). Confesiones. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.

“Matar dragones: el rito de paso hacia la libertad”

“No hay camino hacia la luz que no pase por la sombra”, escribió Carl Jung, y esas palabras resuenan en mí cada vez que enfrento mis propios dragones. Estas bestias metafóricas —el miedo, la pereza, la duda, los traumas— no son enemigos externos, sino guardianes de un territorio interior que debemos conquistar para crecer. Como en los mitos antiguos, desde San Jorge hasta los cuentos de hadas, el dragón simboliza aquello que nos paraliza, pero también el umbral que separa nuestra versión actual de la que podríamos ser. La espiritualidad cristiana lo entiende bien: San Ignacio de Loyola hablaba de “combatir las disposiciones desordenadas del alma”, mientras que Rilke, en Cartas a un joven poeta, instaba a “vivir las preguntas” en lugar de huir de ellas.

La idea de matar dragones no es un llamado a la violencia, sino a la valentía de mirar de frente lo que nos aterra. Nietzsche lo expresó con crudeza: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Los dragones, en este sentido, son pruebas que nos exigen dar sentido al sufrimiento. Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración, demostró que incluso en el infierno es posible elegir la actitud con que enfrentamos el dolor (El hombre en busca de sentido, 1946). Por su parte, Joseph Campbell, en El héroe de las mil caras (1949), describió el viaje del héroe como un ciclo de partida, iniciación y retorno, donde el dragón es la prueba definitiva. Sin vencerlo, no hay crecimiento ni regreso con el “elixir” —la sabiduría— que cura a la comunidad.

Hoy comprendo que mis dragones eran espejos: reflejaban las partes de mí que rechazaba. Matarlos, en realidad, era integrarlos. Como escribió Mary Oliver: “¿Qué harás con tu única vida salvaje y preciosa?”. La respuesta, creo, está en aceptar que los dragones no mueren del todo, sino que se transforman en aliados. Cada batalla me enseñó que el coraje no es la ausencia de miedo, sino la decisión de avanzar a pesar de él. Al final, como sugirió Tolkien en El hobbit, no somos los mismos después de aventurarnos fuera de nuestra cueva. Y eso, en el fondo, es el verdadero crecimiento.
Referencias

Frankl, V. (1946). El hombre en busca de sentido. Herder.
Campbell, J. (1949). El héroe de las mil caras. Fondo de Cultura Económica.

El camino hacia el amor propio: sanando el deseo de sentirse amado

“¿Por qué anhelamos tanto ser amados por otros, cuando el amor más profundo debería nacer en nuestro propio ser?” Esta pregunta me ha acompañado en momentos de vulnerabilidad, cuando la necesidad de aceptación externa parecía consumir mi paz interior. En un mundo que constantemente nos invita a buscar validación fuera de nosotros, sanar el deseo de sentirse amado se vuelve un viaje esencial para recuperar la libertad emocional y la autenticidad.

Desde la antigüedad, pensadores y artistas han explorado esta tensión entre el amor propio y el amor recibido. San Agustín, en sus Confesiones (397-400 d.C.), nos recuerda que el corazón humano está inquieto hasta que descansa en Dios, señalando que la verdadera fuente de amor es divina y no meramente humana. Por otro lado, Erich Fromm en El arte de amar (1956) sostiene que el amor no es un sentimiento pasivo, sino un arte que requiere conocimiento, esfuerzo y, sobre todo, un profundo respeto hacia uno mismo. Cuando dependemos exclusivamente del amor ajeno, caemos en la trampa de la dependencia emocional, perdiendo la capacidad de amarnos y valorarnos tal como somos. La poesía de Rainer Maria Rilke también ilumina este camino, invitándonos a “amarse a uno mismo primero, porque solo así podemos amar auténticamente a los demás” (Cartas a un joven poeta, 1929). En la espiritualidad cristiana, Jesús enseña el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo (Mateo 22:39), implicando que el amor propio no es egoísmo, sino un requisito para el amor genuino hacia otros.

Sanar el deseo de sentirse amado implica un proceso profundo de autoconocimiento y aceptación. Para mí, ha sido fundamental reconocer que el amor que busco en el exterior refleja una carencia interna que solo puedo llenar cultivando la compasión hacia mi propia persona. Esta sanación no significa renunciar al amor de los demás, sino transformar la relación con ese deseo, entendiendo que el amor más estable y duradero nace desde dentro. Al hacerlo, recupero la paz y la libertad para amar sin miedo ni dependencia, abrazando la verdad de que soy digno de amor simplemente por ser. Así, el anhelo de ser amado se convierte en una oportunidad para crecer en plenitud y autenticidad, un camino que, como decía Santa Teresa de Ávila, “es el camino del corazón que se encuentra consigo mismo y con Dios” (Teresa de Ávila, Camino de perfección, 1583).

Referencias

Fromm, E. (1956). El arte de amar. Harper & Row.

Rilke, R. M. (1929). Cartas a un joven poeta. Insel Verlag.

San Agustín. (397-400 d.C.). Confesiones.

Santa Teresa de Ávila. (1583). Camino de perfección.

Biblia. (Mateo 22:39). La Santa Biblia.

Fuentes

El Eco del Silencio Amante

«A veces, el mayor acto de amor es aprender a decir ‘no’.» Esta frase, que resuena en mi interior con la fuerza de una verdad incuestionable, ha transformado mi perspectiva sobre cómo amar a quienes me rodean. Solía ​​creer que el amor se manifestaba en una disposición inquebrantable a resolver cada problema, a allanar cada camino para mis seres queridos. Sin embargo, con el tiempo y algunas lecciones, dolorosas pero necesarias, llegó a comprender que esta constante intervención, lejos de ser un apoyo incondicional, puede convertirse en una barrera sutil pero poderosa para su propio desarrollo. Es como si, al querer protegerles del tropiezo, les impidiéramos aprender a levantarse, negándoles la invaluable experiencia de la resiliencia y el autodescubrimiento.

Esta idea no es nueva, resuena con la sabiduría de pensadores que han explorado la profundidad del ser humano. Pienso en Khalil Gibran, quien en El Profeta (1923), nos recuerda que «Vuestros hijos no son vuestros hijos. Son hijos e hijas de la vida anhelante de sí misma. Vienen a través de vosotros, pero no de vosotros. Y aunque estén con vosotros, no os pertenecen». Esta visión, despojada de posesividad, nos invita a reconocer la individualidad de cada ser, su propio camino, sus propias batallas. Es un acto de fe en su capacidad intrínseca para enfrentar los desafíos de la vida. Si Platón nos hablaba de la importancia de la autarquía como la capacidad de bastarse a uno mismo, ¿no es nuestro deber, como seres que amamos, fomentar esa autarquía en los demás? No se trata de indiferencia, sino de una profunda confianza. Jesús de Nazaret, en su propia vida, no siempre resolvió los problemas de quienes le rodeaban de manera directa; a menudo los instó a encontrar sus propias respuestas, a «tomar su cruz» (Mateo 16:24), lo que implica enfrentar las dificultades y crecer a través de ellas. Esta no es una invitación al desapego frío, sino una forma de amor que empodera, que reconoce la chispa divina y la capacidad de superación en cada individuo.

Así, mi forma de actuar se ha modificado. Ahora, en lugar de apresurarme a ofrecer una solución, procuro escuchar con atención, hacer preguntas que les guían hacia su propia reflexión y, a menudo, simplemente ofrecer mi presencia y mi aliento. Es un acto de fe en su fortaleza y en su propio proceso. Es reconocer que, como diría el poeta Rilke en Cartas a un joven poeta (1929), «Nadie puede aconsejarle ni ayudar. Nadie. Solo hay un medio: adentrarse en uno mismo». Y ese adentrarse, ese camino hacia el crecimiento, a menudo requiere que la ayuda externa no eclipse la luz interior de la autonomía. Permitir que los seres queridos experimenten la incomodidad, la frustración e incluso el fracaso, es ofrecerles el terreno fértil para el aprendizaje más profundo, ese que florece desde la experiencia vivida y no desde la solución impuesta. Es, al final, el amor más puro: el que libera y no ata.


Referencias bibliográficas:

Gibran, K. (1923). El Profeta . Alfred A. Knopf.

Rilke, RM (1929). Cartas a un joven poeta . Insel-Verlag.

Platón. (siglo IV aC). La República .

Mateo 16:24. (sf). La Santa Biblia .

ReEncontrando la paz

A veces, la paz se pierde en el laberinto de nuestras expectativas más que en las respuestas de los demás.


En la complejidad de las relaciones humanas, he descubierto que uno de los desafíos más profundos radica en el acto de dar sin esperar nada a cambio. Cuando el bien que se ofrece con sinceridad no es reconocido o, peor aún, es rechazado, la paz interior puede desvanecerse rápidamente. ¿Cómo manejar este desencuentro emocional, cómo recuperar esa serenidad perdida?


Es aquí donde las enseñanzas de filósofos como Seneca y poetas como Rumi cobran vida. Seneca, en su sabiduría estoica, nos recuerda que el verdadero valor de nuestras acciones reside en la intención detrás de ellas, no en la respuesta que recibimos. Rumi, con su poesía mística, nos invita a encontrar la paz dentro de nosotros mismos, más allá de las circunstancias externas. Además, las lecciones de la espiritualidad cristiana, como las enseñanzas de San Francisco de Asís sobre el amor desinteresado, nos muestran que el acto de dar debe ser un regalo en sí mismo, independientemente de cómo sea recibido.


Así, me doy cuenta de que encontrar paz después de haber dado tanto y no ser reconocido implica un acto profundo de autocuidado y aceptación. Reconocer mis límites y la naturaleza imperfecta de las relaciones humanas es crucial. Al hacerlo, puedo redirigir mi enfoque hacia el valor intrínseco de mis acciones y encontrar consuelo en saber que he dado lo mejor de mí. Esta aceptación me libera de la carga de expectativas no cumplidas y me permite recuperar la paz perdida. En última instancia, descubro que la verdadera paz reside en el acto mismo de dar, sin importar el resultado externo.

Eres más que una mirada

No eres un cuerpo que se exhibe: eres un alma que se expresa.

A veces te descubres dudando de ti misma frente a las miradas que te reducen. Esa forma en que algunos hombres te observan —como si fueras una pieza decorativa o una promesa de placer— te hace sentir ajena a tu propia dignidad. Te preguntas si eres vista o simplemente usada como reflejo de los deseos ajenos. Y ahí, en medio de ese malestar silencioso, surge una pregunta urgente: ¿cómo valorarte cuando el entorno insiste en verte como un objeto?

No estás sola en esta batalla interna. Simone de Beauvoir (1949) ya denunciaba cómo la mujer ha sido convertida en «el otro», definida por el varón, construida desde su mirada. Pero no eres un “otro” subordinado: eres un ser humano libre, autónomo, lleno de historia, pensamiento, emociones y espiritualidad. Edith Stein, filósofa y santa, escribió que la mujer está llamada a una plenitud que va mucho más allá de la apariencia: tiene una misión insustituible de irradiar verdad, belleza interior y fortaleza (Stein, 2000). No se trata de negar tu cuerpo ni esconderlo, sino de devolverle su sentido: no como espectáculo, sino como templo (1 Cor 6,19). Cuando artistas como Käthe Kollwitz representaban a mujeres cargando el peso del sufrimiento y la esperanza, lo hacían para devolverles humanidad, no para hacerlas agradables a los ojos del otro. Y tú también puedes resistir con tu sola presencia: sin gritar, sin complacer, sin pedir permiso para existir desde tu verdad más profunda.

Entonces, cuando alguien te mire sin verte, recuerda quién eres y qué llevas dentro. Tu valor no depende del juicio de ningún hombre, sino de tu conciencia despierta, tu historia sagrada, tu capacidad de amar, decidir y crear. No es fácil resistir la cosificación, pero es posible cultivar una mirada nueva sobre ti misma: una que nace del respeto y el amor propio. Ahí comienza tu verdadera libertad. Porque sí, puedes caminar entre las miradas y no perderte; puedes vestirte como elijas y seguir siendo digna; puedes recibir un halago sin convertirlo en mandato. Y al hacerlo, respondes con valentía a esa pregunta que una vez te hería: ¿cómo valorarte? Viviendo desde la certeza de que eres persona. No parte. No cosa. No otro. Eres tú.

Referencias
Beauvoir, S. de (1949). El segundo sexo. París: Gallimard.
Stein, E. (2000). La mujer: su naturaleza y su destino según la mente de Dios. Burgos: Monte Carmelo.
Biblia. (1 Corintios 6, 19).
Kollwitz, K. (Obra artística).

Caminar sin ver, creer sin probar


Hay pasos que solo se dan con los ojos cerrados y el corazón abierto.

Te preguntas si vale la pena seguir cuando los frutos no llegan, cuando lo sembrado parece enterrado en un suelo estéril. Te inquieta vivir sin certezas, avanzar cuando no hay garantías, amar sin respuesta. Y, sin embargo, algo en ti intuye que hay un valor más hondo que la cosecha visible: el de caminar con fe. Como quien cruza el desierto confiando en la promesa de un manantial, aunque todo indique lo contrario. No es resignación, es un acto de libertad: creer cuando no ves. Es ahí donde nace la fe verdadera, la que no exige pruebas para sostenerse.

Pienso en Abraham, llamado a dejar su tierra sin saber a dónde iba (Heb 11,8), y en Teresa de Lisieux, que escribió: “No tengo la alegría de la fe, pero trato de obrar como si la tuviera” (Martin, 2007). La fe no es sentir, sino elegir confiar. Kierkegaard habló del «salto de fe», no como irracionalidad, sino como un acto humano profundo que responde a una verdad más alta que lo visible (Kierkegaard, 1843/1992). Incluso Van Gogh, en su dolorosa oscuridad interior, escribió: “No se puede tener una idea sin fe; fe en que valga la pena expresarla” (Van Gogh, 1883). La fe te ancla no en resultados, sino en sentido. Por eso, cuando no ves frutos, sigues sembrando: porque tu esperanza no depende del calendario de la tierra, sino del tiempo de Dios.

Sí, caminar con fe duele, porque renuncias a controlar. Pero al hacerlo, te haces más tú: más libre, más humilde, más profundo. No es una derrota, es una forma de amor. Porque amar también es creer sin ver. Si hoy tus manos están vacías, que tu corazón no lo esté. La pregunta ya no es “¿vale la pena?” sino “¿quién estoy llegando a ser al confiar?”. En esa fidelidad silenciosa, creces. Porque los frutos que importan no siempre se ven. Y caminar con fe, aunque no veas, es ya en sí mismo, el primer milagro.


Referencias:

Kierkegaard, S. (1992). Fear and Trembling (A. Hannay, Trans.). Penguin Classics. (Original work published 1843)
Martin, R. (2007). La historia de un alma: Autobiografía de Santa Teresita del Niño Jesús. Edibesa.
Van Gogh, V. (1883). Letters to Theo.