La arquitectura del desahogo sagrado: cuando nos sentimos vacíos…

A menudo, el peso de lo no dicho se convierte en una armadura que termina por asfixiarnos. Como bien señaló la filósofa Simone Weil, «la atención es la forma más rara y pura de la generosidad»; y sin embargo, en medio de la ansiedad, lo que más nos falta es precisamente alguien que sostenga nuestra mirada sin intentar corregir nuestro dolor. La angustia no es solo un exceso de futuro, sino también un déficit de escucha profunda. En ese vacío, la invitación a presentarnos ante lo Divino no surge como una obligación moral, sino como una necesidad existencial: la de ser validados en nuestra vulnerabilidad más cruda, sin filtros ni pretensiones de fortaleza.

Desde la perspectiva clínica, sabemos que el acto de narrar el malestar —lo que llamamos externalización— reduce significativamente la carga emocional y permite al sistema nervioso salir del estado de alerta constante. Al llevar nuestras preocupaciones ante Dios, practicamos una forma de regulación emocional donde el «Otro» es un testigo incondicional. No necesitamos pulir el lenguaje; la honestidad brutal frente a la Trascendencia actúa como un bálsamo que reordena el caos psíquico. Como observó Viktor Frankl, la búsqueda de sentido requiere un diálogo, y qué diálogo más integrador que aquel donde el interlocutor ya conoce nuestra sombra y, aun así, nos recibe con una apertura que no conoce el escándalo.

He descubierto, tanto en mi consulta como en mi propia quietud, que la paz no llega cuando desaparecen los problemas, sino cuando nos sentimos profundamente comprendidos. Me conmueve saber que puedo acudir a ese espacio sagrado con mis fragmentos rotos, sabiendo que nada de lo que diga podrá alejarme de Su cuidado. La oración, entonces, deja de ser una petición mágica para convertirse en un suspiro de confianza: el reconocimiento de que mi historia está contenida en una Verdad más amplia que mi propia crisis. Hoy te animo a dejar de rumiar en soledad; habla, desahógate y descansa en la certeza de que tu carga, al ser compartida con el Eterno, comienza finalmente a transformarse.


Referencias

Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.

Weil, S. (1994). La gravedad y la gracia. Editorial Trotta.

El rostro detrás del código: reflexiones de un psicólogo.

Soren Kierkegaard advirtió que «una vez que me etiquetas, me niegas». En el encuentro clínico, es tentador refugiarse en la seguridad estadística del DSM-5, reduciendo el misterio de una vida a un conjunto de criterios diagnósticos. Sin embargo, la depresión no es solo una lista de síntomas o un desequilibrio neuroquímico; es el grito de un alma que ha perdido su brújula en medio de la niebla. Al recibir a un paciente, no veo una patología caminando, sino una narrativa herida que busca ser reconocida en su totalidad. El diagnóstico debe ser una herramienta para la comprensión, un punto de partida necesario, pero nunca el punto final donde se agota la identidad de un ser humano que sufre, ama y anhela trascender su propio dolor.

La psicología basada en la evidencia nos ofrece protocolos rigurosos, como los de la Terapia Cognitivo-Conductual, que resultan esenciales para aliviar el padecimiento de manera eficaz. No obstante, el rigor científico no debe convertirse en una armadura que nos impida ver la singularidad radical del otro. Como sostenía Karl Jaspers, el ser humano es siempre algo más de lo que sabe de sí mismo. En mi labor, integro la técnica con la mirada existencial, comprendiendo que los esquemas mentales no son solo estructuras lógicas, sino la forma en que cada persona intenta dar sentido a su existencia en un mundo a menudo caótico. No tratamos trastornos aislados, sino personas que, en su complejidad inagotable, desafían cualquier intento de categorización absoluta.

En mi práctica diaria, cada sesión se convierte en un espacio sagrado donde la ciencia y la trascendencia se estrechan la mano. Reconozco frente a mí una dignidad intrínseca que ninguna etiqueta clínica puede abarcar por completo; estoy ante una historia que merece ser tratada con reverencia. El DSM-5 nos entrega el mapa, pero el paciente es quien habita el territorio de sus sombras y sus luces. Mi compromiso no es solo corregir lo que parece «roto», sino acompañar al individuo en el descubrimiento de un propósito que dote de significado a su biografía. Al final, la verdadera salud mental no es solo la ausencia de síntomas, sino la restauración de la capacidad de amar, trabajar y esperar con libertad.


Referencias

  • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.).
  • Jaspers, K. (1997). General Psychopathology (J. Hoenig & M. W. Hamilton, Trans.). Johns Hopkins University Press. (Original work published 1913).
  • Kierkegaard, S. (2007). The Concept of Anxiety: A Simple Psychologically Orienting Deliberation on the Dogmatic Issue of Hereditary Sin (R. Thomte, Trans.). Princeton University Press. (Original work published 1844).

La alquimia del amanecer: El arte de RE-SOL-VER

«En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible» Albert Camus

«En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible», escribió Albert Camus en su obra El verano. Estas palabras resuenan con una fuerza telúrica cuando la depresión tiñe el mundo de un gris persistente, convirtiendo la existencia en una neblina donde los contornos de la alegría se desdibujan. A menudo entendemos «resolver» como la acción técnica de solucionar un problema o desenredar un nudo lógico; sin embargo, me permito habitar la etimología poética que este término nos sugiere: RE-SOL-VER, el acto sagrado de volver a ver el sol. En la profundidad del abatimiento, la esperanza no es un optimismo ingenuo, sino la convicción de que la luz sigue existiendo aunque mis ojos, fatigados por la sombra, hayan olvidado su calidez. Esta reflexión nace de la necesidad de entender que sanar no es borrar el dolor, sino recuperar la capacidad de percibir el resplandor que siempre habita detrás de las nubes del alma.

Caminar por el túnel de la melancolía me ha enseñado que la oscuridad tiene su propio lenguaje, uno que San Juan de la Cruz describió magistralmente en La noche oscura como un tránsito necesario para el encuentro con lo divino. Para el místico, el vacío no es una ausencia absoluta, sino una purificación que prepara la mirada para una visión más alta. De igual modo, Viktor Frankl, en su obra El hombre en busca de sentido, nos recuerda que incluso en las condiciones más desoladoras, el ser humano conserva la libertad de elegir su actitud; esa elección es el primer destello de nuestro «sol» interno. Desde la espiritualidad cristiana, la figura de Cristo como «Luz del mundo» no propone una eliminación mágica de las sombras, sino una promesa de compañía a través de ellas. RE-SOL-VER implica, entonces, un ejercicio de memoria espiritual: recordar que el sol no se ha apagado, sino que nosotros hemos bajado los párpados por el peso del cansancio. Es un proceso donde la razón acepta que el ciclo de la vida incluye el ocaso, pero la fe garantiza la certeza del alba.

Finalmente, comprendo que volver a ver el sol es un acto de resistencia y de entrega simultánea. No se trata de forzar la claridad, sino de disponer el corazón para recibirla cuando el tiempo del duelo haya cumplido su propósito transformador. Para mí, la esperanza es ese hilo invisible que conecta mi presente sombrío con la promesa de un nuevo amanecer; es la «pequeña niña esperanza» de la que hablaba Charles Péguy, que camina entre sus hermanas mayores, la fe y la caridad, guiándolas en silencio. Resolver mis conflictos internos ha dejado de ser una tarea de ingeniería emocional para convertirse en una contemplación paciente. Al final del camino, descubro que el sol que vuelvo a ver no es el mismo que dejé de mirar: es una luz tamizada por la experiencia, más suave y compasiva, que me susurra que incluso después de la noche más larga, la vida siempre reclama su derecho a brillar.


Referencias Bibliográficas

  • Camus, A. (1954). El verano. Alianza Editorial.
  • Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.
  • Juan de la Cruz, S. (2010). La noche oscura. Editorial San Pablo.
  • Péguy, C. (2009). El pórtico del misterio de la segunda virtud. Encuentro.

El estruendo de los vidrios rotos: ¿Desastre o galería de arte?

Empiezo con una duda que me asalta seguido: ¿Quién no ha sentido que su existencia es un absoluto descajete de piezas que no encajan ni a golpes? Ella se lo soltó así, con una mezcla de vergüenza y alivio, desnudando ese desorden que no la dejaba dormir: «Te presento mi vida, es un caos». Pero él, que sospecho ve el mundo con unos lentes bastante más generosos, le dio la vuelta a la tortilla con una frase que desarma: «¡Para mí es arte!».

La percepción es un bicho raro, de verdad. Lo que ella sentía como un nudo de cables enredados —un cortocircuito existencial—, él lo leía como una composición expresionista vibrante. Me viene a la mente Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra (1883), cuando decía aquello de que «uno debe tener caos dentro de sí para dar a luz a una estrella danzarina». Sin ese desmadre interno, la luz simplemente no tiene por dónde filtrarse; es la fricción lo que genera el brillo, ¿no creen?

A veces nos empeñamos en planchar la vida para que no tenga ni una sola arruga. Grave error. En ese proceso de «limpieza» obsesiva, a menudo le quitamos el alma a lo que somos. La belleza no suele vivir en lo simétrico —que, entre nos, es un aburrimiento absoluto— sino en lo que late, aunque esté a punto de desbordarse. Como sugiere Umberto Eco en su Historia de la belleza (2004), la estética siempre ha sido caprichosa y ha encontrado valor en lo que otros llaman despojo o fealdad.

Cuando alguien se asoma a tu desorden y no sale corriendo, algo cambia para siempre. No necesitamos a un arquitecto que nos enderece las paredes, sino a un espectador que aprecie el relieve de nuestro naufragio. Quizá el orden sea solo una forma refinada de miedo a lo imprevisto. Al final, si la vida fuera una línea recta, nos quedaríamos dormidos antes de llegar a la meta.

En fin, que la vida no es un manual de instrucciones de IKEA. Es un lienzo de Pollock. Cada mancha, cada duda y cada cable suelto son, en realidad, las pinceladas de una obra que aún no terminamos de entender, pero que ya es hermosa por el simple hecho de ser auténtica.


Bibliografía

  • Eco, U. (2004). Historia de la belleza. Lumen.
  • Nietzsche, F. (1883). Así habló Zaratustra. Alianza Editorial.

La bendita grieta: cuando el naufragio es, por fin, tierra firme

Sinceramente, hay días en los que uno siente que el suelo se desvanece y, ¿saben qué?, quizá sea lo mejor. Vivimos huyendo del caos como si fuera la peste, pero esa inercia de «estar bien» es una trampa mortal. El piloto automático nos oxida. A veces, hace falta que el Jenga de nuestra vida se desmorone para ver qué piezas eran de madera sólida y cuáles puro cartón pintado. El golpe avisa. Despierta.

Primero, la crisis funciona como un filtro de honestidad brutal. Cuando todo se rompe —y vaya si duele—, las máscaras sociales se caen solitas. Ya no hay energía para fingir. Es ese «reinicio forzado» que, aunque nos fastidie, limpia el sistema de procesos inútiles. Como bien anotó Emil Cioran en Del inconveniente de haber nacido, «una catástrofe que se hace esperar es una catástrofe que nos devora» (1973). Mejor que el incendio ocurra hoy y no que nos consuma lentito por dentro durante décadas.

Por otro lado, la escasez es la madre de la inventiva, o al menos eso dicen en mi barrio. En la abundancia somos tontos y repetitivos. Pero en el vacío… ah, ahí es donde el ingenio se pone las botas. Viktor Frankl, que de abismos sabía bastante, explicaba en El hombre en busca de sentido (2015) que el sufrimiento deja de ser tal en el momento en que encuentra un sentido. La crisis no es el fin del camino, sino un cambio de rasante que te obliga a mirar el mapa de otra forma, mucho más creativa y, curiosamente, más humana.

Finalmente, está el asunto de la reconstrucción. No se trata de volver a ser los de antes —menudo aburrimiento sería eso—, sino de aceptar que las cicatrices son parte del nuevo diseño. A veces, las piezas viejas ya no encajan en el presente y eso, aunque de miedo, está perfecto. Es una evolución a base de martillazos, un poco bruta, sí, pero genuina.

Al final del día, si no fuera por esos naufragios emocionales o económicos, seguiríamos flotando en una mediocridad cómoda pero estéril. Quizás la salvación no sea un puerto seguro, sino el valor de aprender a nadar cuando el barco ya se hundió. ¿No les parece?


Bibliografía

  • Cioran, E. M. (1973). Del inconveniente de haber nacido. Taurus.
  • Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.

La anatomía del Desajuste: El mito de la talla única humana

¿Alguna vez has sentido que el mundo opera bajo una frecuencia que simplemente no logras sintonizar? Esa sospecha de ser un error de sistema suele asaltarnos en la soledad de las madrugadas, cuando comparamos nuestra maraña interna con las fachadas impecables que desfilan en el exterior. Nos miramos al espejo y, en lugar de una identidad sólida, encontramos una amalgama de dudas que nos hace preguntar si, efectivamente, venimos con una «pifia» de fábrica. Fernando Pessoa, en su magistral El libro del desasosiego (1982), capturó esta angustia con una precisión quirúrgica al afirmar: «Llevo conmigo las heridas de todas las batallas que evité». Sentirse diferente no es, en esencia, un fallo técnico; es la respuesta natural de una psique que se resiste a la disolución en la masa.

Esta disonancia comienza con la trampa de la comparación. Observamos la funcionalidad ajena —esa capacidad de encajar en moldes preestablecidos— y la interpretamos como una prueba de nuestra propia deficiencia. Sin embargo, la «normalidad» es una construcción estadística, un promedio abstracto que nadie habita realmente en su totalidad. Quizás lo que percibimos como una falla es simplemente la manifestación de nuestra singularidad irreductible. La arquitectura de nuestra mente no tiene por qué seguir los planos de una urbanización estandarizada; hay belleza en los callejones sin salida y en las estructuras que desafían la simetría convencional.

Por otro lado, existe una presión biológica y social por la homogeneidad que castiga la divergencia. No obstante, la evolución misma nos enseña que es la variación, y no la réplica exacta, lo que garantiza la supervivencia. Si todos fuéramos piezas de un mismo engranaje, la creatividad y la adaptación morirían por inanición. Como bien señaló Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido (1946), la singularidad de la existencia humana es lo que confiere significado a la vida. Ser «distinto» es, paradójicamente, el único requisito para ser auténtico. ¿No es acaso preferible ser un original imperfecto que una copia perfecta de un ideal inexistente?

Finalmente, el dolor de sentirse extraño suele ser el preludio de un descubrimiento mayor: la libertad. Al aceptar que no encajamos, dejamos de gastar energía en limar nuestras aristas para conformar a los demás. El «desajuste» es, en realidad, una brújula. Nos indica dónde terminan las expectativas ajenas y dónde empieza nuestro territorio soberano. No hay nada roto en ti; simplemente estás diseñado para un paisaje que todavía no te has atrevido a explorar por miedo a caminar solo. Al final, la herida de ser diferente es también la luz por donde entra la consciencia de lo que realmente somos.


Bibliografía

  • Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido (12ª ed.). Herder Editorial. (Obra original publicada en 1946).
  • Pessoa, F. (1982). Libro del desasosiego (Trad. Á. Crespo). Seix Barral.

La biblioteca que no supo abrazar: Cuando la paz llegó sin cita previa

A veces, la teoría es un paraguas de papel bajo un diluvio misionero. Uno se pasa la vida acumulando títulos, papers y esa suficiencia académica que te hace creer que tienes las respuestas para el dolor ajeno, pero cuando el frío te toca a ti… , ahí la cosa cambia. Me pasó. Me encontré frente al espejo con un doctorado en curso y el alma en llantas, dándome cuenta de que mis libros no sabían cómo consolarme. ¿De qué sirve saber diseccionar la neurobiología de la angustia si no puedes frenar el temblor en tus propias manos? Fue un choque de frente, sin cinturón de seguridad.

El muro de cristal de la intelectualización

Mi primera gran epifanía fue dolorosa: el conocimiento es un mapa, pero no es el territorio. Me refugié en la clínica, en el rigor del diagnóstico diferencial —queriendo etiquetar mi propia tristeza como si fuera un caso de estudio más—, buscando en la bibliografía una salida de emergencia que no existía. Como bien decía Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido: «Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino» (1946). Yo intentaba elegir el camino de la lógica, pero la lógica es una herramienta muy pobre para reconstruir un corazón quebrado. Me sentía un fraude, o quizás, simplemente un humano descubriendo su propia fragilidad.

El silencio que precede al encuentro

La paz no me llegó en una conferencia, ni en un simposio de psicología cognitiva. Me encontró en el silencio más absoluto, ese que te obliga a escuchar lo que has estado tapando con ruido profesional. Fue un giro hacia adentro, casi místico, si se quiere. Recordé aquella frase de San Agustín en sus Confesiones: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (400). Y miren que yo soy de los que buscan la evidencia empírica para todo, pero hay una dimensión de la paz que escapa al laboratorio. No fue una resolución mágica del conflicto, sino más bien una aceptación radical de mi propia limitación. Fue soltar el control. Qué difícil es soltar el control cuando te han entrenado para tenerlo siempre.

Integrar la herida en el «laburo» diario

Ahora, cuando me siento frente a alguien en el consultorio, ya no lo hago solo desde el pedestal del saber. Lo hago desde la grieta. La paz que encontré no es la ausencia de problemas —sigo teniendo mil quilombos, como cualquiera—, sino una especie de ancla emocional que me permite no naufragar en mi propia ansiedad. Creo, o al menos quiero creer, que esa vulnerabilidad me hace mejor profesional. Ya no busco solo «curar», busco acompañar en el misterio. Quizás, después de todo, el mayor aprendizaje de mi carrera no fue un concepto técnico, sino el entender que la paz es un regalo que solo llega cuando dejamos de intentar explicarla para empezar a vivirla.

En fin, supongo que la verdadera sabiduría no consiste en saberlo todo, sino en saber qué hacer cuando no sabes nada. Es un proceso lento, a veces frustrante y con muchas recaídas, pero es lo que nos mantiene cuerdos en un mundo que nos exige ser máquinas de eficiencia.


Bibliografía

  • Agustín de Hipona, San. (2010). Confesiones (Trad. P. de Labriolle). Editorial Gredos. (Original publicado c. 400).
  • Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Editorial Herder. (Original publicado en 1946).

La Esperanza: Esa terquedad que nos sostiene cuando el calendario pesa.


Ya pasó el ruido. Las copas quedaron con ese cerco pegajoso de sidra en la mesa y el confeti parece ahora basura de ayer. Empezamos otro año y, la verdad, me da un poco de risa —y algo de ternura— esa obsesión casi religiosa por creer que el 1 de enero opera como un botón de «reset» universal. Pero no, la vida no es un videojuego. Los problemas de diciembre se mudaron de mes sin pagar flete. Sin embargo, aquí estamos otra vez, buscando algo a qué aferrarnos. Y ahí es donde aparece la esperanza, pero no esa de postal barata, sino la de verdad.

A ver, seamos honestos: la esperanza suele tener mala prensa. Se la confunde con ese optimismo bobo, casi tóxico, de «todo va a salir bien» porque sí. Pero la esperanza real es mucho más ruda. Es, como diría Josef Pieper en su análisis sobre las virtudes, una suerte de «estatuto del caminante» (status viatoris). Es la virtud de quien sabe que todavía no llega, que está en camino y que, posiblemente, el camino esté lleno de baches y barro. No es esperar que no llueva; es saber que, aunque nos empapemos, llegar a algún lado tiene un sentido profundo. Como escribió Pieper (1944) en Sobre la esperanza, esta virtud es lo que nos salva de la desesperación y de la presunción, esos dos precipicios que nos acechan cuando las cosas se ponen color hormiga.

Pero, ¿cómo se mastica esto en el día a día? Yo creo que la clave está en entender que la esperanza es un músculo, no un deseo. Es la capacidad de mirar las dificultades que vienen —que vendrán, no nos engañemos— y no dejar que nos quiten la capacidad de decidir. Me hace pensar mucho en Viktor Frankl. Él estaba en un campo de concentración, o sea, el escenario menos «esperanzador» de la historia humana, y aun así decía que al hombre se le puede arrebatar todo menos la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante las circunstancias (Frankl, 1946). Esa es la esperanza cardinal: saber que, aunque el entorno sea un caos, mi respuesta sigue siendo mía.

Y acá viene lo más difícil, lo que a veces me quita el sueño. ¿Qué pasa cuando la esperanza se siente como un peso extra? A veces estamos cansados de ser fuertes, ¿no? Pero la paradoja es que la esperanza no es para los fuertes, es justamente para los que flaquean. Es esa pequeña luz que no ilumina todo el cuarto, pero sí el siguiente paso para no tropezar con la silla. No necesitamos planes a diez años ni visiones grandiosas; a veces solo hace falta la terquedad de creer que el esfuerzo de hoy no es en vano. Quizás, después de todo, el año no tiene que ser «nuevo» para que nosotros intentemos algo distinto.

Al final, este ciclo que arranca no nos promete nada. El calendario es solo papel o píxeles. Las dificultades van a llegar, puntuales como siempre. Pero la esperanza es nuestra ventaja competitiva, nuestra pequeña trampa al destino. No es una solución mágica, sino una brújula que, aunque tiemble, siempre señala hacia la vida. Así que, entre el miedo y el asombro, yo me quedo con esa «virtud del camino». Porque, como dicen por ahí, mientras haya camino, habrá que caminarlo, aunque nos duelan un poco los pies.


Bibliografía
Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido (12ª ed.). Herder Editorial. (Original publicado en 1946).
Pieper, J. (2003). Sobre la esperanza. Rialp. (Original publicado en 1944).

El arte de amar en la penumbra

«El amor consiste en esto: que dos soledades se protejan, se toquen y se saluden», escribió Rainer Maria Rilke en Cartas a un joven poeta. Esta sentencia se ha convertido en mi brújula al navegar la ardua geografía de amar a alguien sumergido en la depresión, pues a menudo, el impulso primario es intentar rescatar, forzar la luz y sacar al ser amado del pozo con cuerdas de lógica o un optimismo impostado. Sin embargo, he aprendido que la depresión no es un problema técnico que se resuelva desde la omnipotencia, sino un paisaje desolado que debe ser atravesado; el contexto de la relación cambia drásticamente, dejando de ser una conquista compartida de la felicidad para convertirse en una guardia silenciosa, donde el mayor desafío es tolerar el dolor del otro sin desmoronarnos nosotros mismos ni caer en la desesperación de la impotencia.

En este proceso de acompañamiento, encuentro una profunda resonancia en el concepto de la «Noche oscura» de San Juan de la Cruz; aunque su enfoque era místico, el paralelo psicológico es innegable al describir un vaciamiento de los sentidos y las certezas donde el alma queda a la intemperie. Acompañar este estado requiere lo que la filósofa Simone Weil definió como «atención», esa capacidad rara y difícil de suspender el propio ego para mirar verdaderamente al que sufre sin juzgarlo. No se trata de ofrecer consejos vacíos, sino de ejercer una presencia compasiva, entendiendo la compasión en su etimología latina cum passio, «sufrir con». Como sugirió C.S. Lewis en Una pena en observación, el dolor aísla, pero el amor construye un puente no para huir de la isla de la tristeza, sino para asegurar que, en esa oscuridad, el otro no esté deshabitado; es un ejercicio de fe y resistencia donde se sostiene la esperanza que el deprimido ha perdido temporalmente.

Finalmente, concluyo que acompañar a un amor en la depresión es un acto de humildad radical que nos despoja del rol de salvadores para vestirnos de testigos. He comprendido que mi tarea no es ser el sol que disipa la niebla al instante, sino el faro que permanece encendido, inamovible, recordando que la costa sigue ahí. Amar en esta circunstancia es validar el sufrimiento ajeno, sentarse junto a ellos sobre los escombros de su ánimo y susurrar —más con actos que con palabras— que siguen siendo dignos de amor incluso cuando no pueden ser productivos ni alegres. Es, en esencia, un amor que no exige una sonrisa como tributo, sino que ofrece la mano abierta como refugio, esperando pacientemente el inevitable, aunque lento, retorno de la primavera.


Referencias bibliográficas

Lewis, C. S. (1994). Una pena en observación. Anagrama.

Rilke, R. M. (2002). Cartas a un joven poeta. Alianza Editorial.

San Juan de la Cruz. (2004). Noche oscura. Cátedra.

Weil, S. (2009). A la espera de Dios. Trotta.

El eterno retorno a uno mismo: la alquimia de la desesperación

“Amarnos a nosotros mismos es el comienzo de un romance para toda la vida” (Wilde, O., Una mujer sin importancia , 1893).

Esta sentencia, más que un mero ideal estético, es una brújula en medio de la tempestad de la desesperanza. Atravesar una espiral descendente en la vida es la experiencia de sentir cómo el ancla de la propia identidad se suelta, llevándonos a la deriva por corrientes de autocrítica y agotamiento. Es el momento en que la visión de nuestro valor se nubla, y cada paso parece confirmar la certeza de un fracaso inminente. El contexto es claro: el mundo moderno, con su ritmo incesante y su culto al éxito visible, transforma el tropiezo en condena, dificultando la pausa necesaria para el rearme interior. En este abismo, la pregunta que resuena es: ¿cómo se interrumpe la caída y se reconstruye la fe en uno mismo? La respuesta no es una fórmula mágica, sino un acto profundo de voluntad y reorientación, una vuelta a las bases esenciales de la existencia.

El primer silencio de la espiral comienza con la aceptación, pero no con la resignación. Friedrich Nietzsche, con su concepto del eterno retorno , nos ofrece una perspectiva radical: ¿qué haríamos si esta vida, con todas sus caídas, debería ser vivida una y otra vez, infinitamente? La respuesta, según el filósofo, debería ser un resonante «¡Sí, la quiero de nuevo!», lo que implica una profunda afirmación del destino y de las propias acciones (Nietzsche, F., Así habló Zaratustra , 1883-1885). Este es el motor para transformar el sufrimiento en crecimiento, una alquimia donde el dolor se convierte en catalizador de fortaleza. No se trata de negar el fracaso, sino de comprenderlo como material de construcción, no como sentencia final. Es aquí donde la resiliencia, ese proceso diacrónico de metamorfosear el golpe recibido en algo soportable y hasta creativo (Cyrulnik, B., 2009), encuentra su razón de ser. La creencia en uno mismo se rehabilita al dejar de huir de la sombra y empezar a integrarla.

La reorientación finaliza con la esperanza, la virtud que, según el pensamiento cristiano, se opone a la desesperación. El Apóstol Pablo, en un momento de extrema prueba, reflexionó sobre el propósito del sufrimiento: «Tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos» (2 Corintios 1:9, RVR1960). Aunque la fuente de confianza se sitúa en lo trascendente, el efecto es profundamente personal: libera el yo de la tiranía de la autosuficiencia y de la perfección irreal, permitiéndole abrazar su fragilidad. El neurólogo y psiquiatra Viktor Frankl, desde su experiencia en los campos de concentración, observó que quienes lograron sobrevivir fueron aquellos que encontraron un sentido, un por qué , más allá de sus circunstancias inmediatas (Frankl, VE, El hombre en busca de sentido , 1946). Volver a creer en mí, entonces, es un acto de coraje que conjuga la autoaceptación nietzscheana con la humildad y la búsqueda de propósito de la tradición espiritual. La respuesta a la espiral no está en negar la caída, sino en plantar la raíz de la esperanza —la convicción de un futuro y un sentido— en la tierra fértil de la propia fragilidad. Es dejar de buscar la perfección para empezar a cultivar la autenticidad, la única versión de uno mismo digno de un amor para toda la vida.


Referencias bibliográficas

  • Frankl, VE (2015). El hombre en busca de sentido . Pastor. (Obra original publicada en 1946).
  • Nietzsche, F. (2007). Así habló Zaratustra . Editorial Alianza. (Obra original publicada entre 1883-1885).
  • Pablo, A. (1960). Segunda Epístola a los Corintios. En Santa Biblia: Versión Reina-Valera 1960 . Sociedades Bíblicas Unidas.
  • Wilde, O. (1893). Una mujer sin importancia . Juan Lane.
  • Cyrulnik, B. (2009). Resiliencia: La infancia nunca se rinde . Gedisa.