A menudo, el peso de lo no dicho se convierte en una armadura que termina por asfixiarnos. Como bien señaló la filósofa Simone Weil, «la atención es la forma más rara y pura de la generosidad»; y sin embargo, en medio de la ansiedad, lo que más nos falta es precisamente alguien que sostenga nuestra mirada sin intentar corregir nuestro dolor. La angustia no es solo un exceso de futuro, sino también un déficit de escucha profunda. En ese vacío, la invitación a presentarnos ante lo Divino no surge como una obligación moral, sino como una necesidad existencial: la de ser validados en nuestra vulnerabilidad más cruda, sin filtros ni pretensiones de fortaleza.
Desde la perspectiva clínica, sabemos que el acto de narrar el malestar —lo que llamamos externalización— reduce significativamente la carga emocional y permite al sistema nervioso salir del estado de alerta constante. Al llevar nuestras preocupaciones ante Dios, practicamos una forma de regulación emocional donde el «Otro» es un testigo incondicional. No necesitamos pulir el lenguaje; la honestidad brutal frente a la Trascendencia actúa como un bálsamo que reordena el caos psíquico. Como observó Viktor Frankl, la búsqueda de sentido requiere un diálogo, y qué diálogo más integrador que aquel donde el interlocutor ya conoce nuestra sombra y, aun así, nos recibe con una apertura que no conoce el escándalo.
He descubierto, tanto en mi consulta como en mi propia quietud, que la paz no llega cuando desaparecen los problemas, sino cuando nos sentimos profundamente comprendidos. Me conmueve saber que puedo acudir a ese espacio sagrado con mis fragmentos rotos, sabiendo que nada de lo que diga podrá alejarme de Su cuidado. La oración, entonces, deja de ser una petición mágica para convertirse en un suspiro de confianza: el reconocimiento de que mi historia está contenida en una Verdad más amplia que mi propia crisis. Hoy te animo a dejar de rumiar en soledad; habla, desahógate y descansa en la certeza de que tu carga, al ser compartida con el Eterno, comienza finalmente a transformarse.
Referencias
Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.
Weil, S. (1994). La gravedad y la gracia. Editorial Trotta.

