Espejos rotos: El negocio de buscar permiso para Ser

A veces me pregunto—entre café y café—por qué nos desvivimos tanto por un «vas bien» de gente que, a decir verdad, ni nos conoce. Es rarísimo. Vivimos como si necesitáramos un sello de aprobación en la frente para poder desayunar en paz. La validación externa es esa droga invisible: te da un subidón momentáneo, pero el bajón cuando el aplauso cesa… uf, ese bajón es criminal.

Sartre ya soltó aquello de que «el infierno son los otros» (1944). Y qué razón tenía cuando permitimos que la mirada ajena nos dibuje los bordes. No somos plastilina, pero ahí estamos, moldeándonos al antojo del espectador de turno. Es un desgaste emocional absurdo; de verdad lo creo.

Hoy, con el scroll infinito, la cosa empeora. Un «like» se siente como un abrazo de plástico; brilla, pero no calienta. Como bien apunta Byung-Chul Han (2012) en sus ensayos, nos autoexplotamos buscando ese eco digital que, al final, no llena nada. Es pura bulla que nos deja sordos ante nuestro propio deseo.

Lo cierto es que la única firma que vale en el contrato de tu vida es la tuya. Suena a frase de taza barata, quizás, pero piénsalo bien. Si no te das permiso tú mismo para existir bajo tus términos, el resto del mundo te usará como un simple reflejo de sus propias carencias. Qué pereza ser el espejo de otro, ¿no?

En fin, el espejo está ahí, pero tú eliges si te quedas mirando el vidrio o si lo atraviesas. Solo tú te aguantas a las tres de la mañana cuando no hay notificaciones. Si ahí, en ese silencio, te sientes cómodo con quien eres, lo demás es puro decorado. O sea, ruido de fondo.


Bibliografía

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder Editorial.

Sartre, J.-P. (1944). Huis Clos (A puerta cerrada). Gallimard.


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